
lunes, 6 de diciembre de 2010
Lunes color amarillo

viernes, 3 de septiembre de 2010
Paternidad

Hace dos semanas que soy padre. Ergo, si no soy la persona más feliz del mundo, por lo menos choca en el palo. Lo curioso es que ante uno de los eventos más hermosos y trascendentales de mi vida, me he quedado sin palabras. O quizás más que ello, lo que sucede es que no encuentro la palabra exacta que pueda transmitir lo exultante e indescriptible del sentimiento que vivo.
Eso sí, la experiencia me permite reafirmar y descubrir una serie de situaciones. Primero, mi fe en Dios más fortalecida que nunca por tantas bendiciones y por la impresionante experiencia de la concepción, el embarazo y el parto natural. Dios Padre Creador. Luego mi admiración a la mujer, en especial a mi esposa ciertamente, aumentada de forma exponencial. La bendición de ser madre tiene su prueba de fuego con un inicio en donde la mujer saca fuerzas y aguanta con valor, con pundonor y sobre todo con mucho amor. Dios bendiga a la mujer. De hecho mujer también fue la doctora que atendió el parto, una estrella, una fuoriclasse . Y por otro lado, comienza el inevitable camino de descubrir y valorar en un modo distinto, más íntimo, menos superficial, más profundo, a mis padres. Apenas en quince días uno empieza a ver, sentir, escuchar, palpar de una forma nueva, con un inevitable tufillo paternal. Y ahora es que recién se empieza a desandar el camino.
Y en medio de tantas sensaciones, sentimientos y pensamientos, esta mi hijo. Una creación y una bendición de Dios, tan vulnerable como hermoso, tan frágil como despierto, único hasta lo inigualable. Benditas sean los trasnoches a punta de cambios de pañales y acompañar a mi esposa mientras lo alimenta. Que duren para siempre aquellos momentos donde esa cabecita de pelitos lacios y oscuros, decide descansar confiada en mi hombro.
Quien sabe, quizás las horas muertas en las que quedo absorto simplemente mirándolo dormir puedan ser mejor testimonio que diez mil palabras, de todo lo que él significa para mí.
Te amo hijo mío, bendición de Dios.
Imagen disponible aquí
Nada personal

Seguimos haciendo fuerza por ti Gustavo. Y digo seguimos porque somos mucho más que dos. Ya van casi cuatro meses desde tu viaje particular, tan único, tan especial y nosotros, egoístas al fin, desesperamos porque vuelvas y nos cuentes lo que viviste por allá. Como si no nos hubieras regalado suficiente con tu música, queremos que vuelvas, en el séptimo día o en un millón de años luz, pero que vuelvas por acá. Egoístas, eso es lo que somos. Quien sabe si lo único que quieres es que como tantas veces nos dijiste En Remolinos, te dejemos vivir este sueño, el mejor que has tenido. Fuerza Cerati.
Imagen disponibles en Facebook oficial de Gustavo
lunes, 7 de junio de 2010
"Estoy enamorado de estar aquí...
... estoy enamorado de este lugar”... así reza esa hermosa canción de los Hijos del Sol que en la incomparable voz de Eva Ayllón nos recuerda las cosas buenas de nuestro querido Perú.
Hoy también amanecí decidido a estar enamorado de estar aquí, en el mundo, planeta tierra, vivo y respirando, después que El de Arriba me mandara par de mensajes “duros y curveros” a través de la Homilía de ayer. Y es que en plena época en donde buscar un sacerdote incoherente esta de moda y hasta llega al extremo de quedar bien en una charla entre amigos bajo la premisa que todos los curas son iguales, el buen padre Gerry, infaltable en la misa de 7 de la tarde en mi Parroquia, es una muestra de lo errónea de esa premisa, y ayer fue tocado por el Espíritu Santo para hacernos llegar un mensaje de aquellos imperdibles.
El mensaje de las lecturas de ayer domingo puede resumirse en una frase “Viejo... ¡estás vivo!, alégrate y dale gracias a Dios”, y me cayó como una bofetada en el rostro por varios motivos.
Por un lado tenía la tristeza de estar recordando en la misa a Kamel, un buen hermano de la Parroquia que de repente nos dejó para ir a la casa del Padre. Andaba meditabundo, pensando cuantas veces Kamel anduvo en esa misma misa, sirviendo ahí a la derecha del altar y este era el primer domingo donde sin duda alguna compartía la celebración dominical con nosotros pero desde allá viva, junto a su Dios y a María.
Por el otro, las últimas semanas obvié aquél mensaje de Jesús que nos dice que “donde está tu tesoro, ahí está tu corazón” y bajo la excusa de la mudanza, mi cabeza, mi corazón, mi tesoro y todo mi ser anduvo totalmente desenfocado en cosas materiales, en broncas y disgustos porque faltaba tal cosa, en una irascibilidad insoportable con las diversas personas que debían resolver diversos detalles, y en un estado de queja, crítica y desaliento, en virtud del cuál, para ser honesto, ni yo mismo me aguantaba.
En eso andaba, cuando llegó la Lectura de la Palabra y su correspondiente Homilía. Escuchar esa Palabra escrita hace tanto tiempo, que se hacía tan vigente para mí, diciéndome que la cólera dura un instante, pero la bondad del Señor es de por vida y que siendo un Señor que muta nuestro llanto vespertino en un júbilo propio del alba por el cuál bien vale darle las gracias, me llegó profundamente. Y luego en la Homilía, el mensaje recurrente: te obsesionas tanto a veces en andar quejándote, en ver todo lo malo, en criticar, en ver el lado malo de las cosas, que te olvidas de algo primordial y sencillo: la enorme bendición de estar vivo en este mundo que está a nuestra disposición para intentar ser felices mientras vida tengamos. Cuan ciegos y obnubilados podemos quedar cuando desviamos nuestro corazón y nuestra mirada de las cosas realmente importantes para hacerte un embole existencial por cosas que a la hora de la verdad resultan de lo más intrascendentes.
Menudas formas de hablarte tiene el Señor. Entiendo que las cosas no van a cambiar mucho y lo que anda mal va a seguir mal. Pero yo como que puedo variar un poquitillo la actitud. Bien vale la pena intentarlo como un gesto de agradecimiento por la vida misma. Así que nada, no tengo ni idea cuanto me va a durar y seguro no tardaré en quejarme o molestarme cuando las cosas no se hacen como se deben, pero mientras tanto, hoy me tomaré un break y no me quejaré, simplemente daré gracias a Dios por estar acá, escribiendo par de líneas que nadie va a leer, pero dándome el gustazo de hacerlo.
jueves, 25 de marzo de 2010
Vacío y ternura

Una colega a la cual aprecio mucho anduvo de viaje por Europa hace poco. Abogada de profesión y fotógrafa de alma no desperdicio la oportunidad para desandar el camino cámara en mano y tomar hermosas fotos de todo lo que encontró a su paso.
lunes, 27 de julio de 2009
Feliz 28 (Reloaded)*
"...Déjame que te cuente limeño, Ay deja que te diga moreno mi pensamiento...a ver si así despiertas del sueño, del sueño que entretiene moreno tu sentimiento...” (Chabuca Granda dixit –me pongo de pie y me saco el sombrero-)
Dicen que la distancia es el olvido, pero igual que Roberto Cantoral, yo tampoco concibo esa razón. Tras ocho años y medio lejos de mi país, cada día que pasa genera un inexorable crecimiento de la ligazón con mi querido Perú. También dicen que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde y algo de cierto debe tener la bendita frase, tan manoseada y utilizada por todos alguna vez en su vida. En mi caso también debe ser verdad. Viviendo en la Lima de antaño, también Lima la horrible, hoy Lima la añorada, pocas veces uno supo apreciar lo bueno y hermoso de mi ciudad. Siempre es más fácil verle la quinta pata al gato y ver solamente lo malo y lo feo, nunca lo bueno. ¡Menuda lección la que brindan los años, pero sobre todo la distancia!
¿Qué por qué se quiere tanto al Perú a la distancia? Es difícil saberlo o en todo caso poder explicarlo, ya que quizás predomina más el sentimiento que una o mil razones. En todo caso es un hecho concreto que por lo menos en mi caso –dado que las generalizaciones siempre son malas y sobre todo inexactas- ya concluí de forma irremediable que la nostalgia peruana me acompañará siempre y que el cariño por la tierra mía se mantendrá y más que eso, crecerá.
No es solamente Lima, es el Perú. Ese mendigo sentado en el banco de oro de Raimondi. Ese generoso bello durmiente de la Chabuca Limeña. Ese país que cobija en sus entrañas a Machu Pichu, maravilla del mundo aún antes que una votación por internet así lo confirmara. Es todo el Perú. Mi Perú.
¿La distancia y los años generan una sensación que lleva a idealizar el terruño lejano al extremo de recordarlo más hermoso y entrañable de lo que es? No lo sé. Puede ser, Tal vez sí. Tal vez no. Para el caso da lo mismo. Cada vez que vuelvo -ahora casi como un forastero en mi propio país-, lo veo mejorando, avanzando, creciendo, seduciéndome cruelmente a una vuelta definitiva. Quien sabe si engañándome cual mujer interesada, mostrándome sólo lo bueno y atractivo, ocultándome todo lo malo, todo lo feo. Después de todo, cuando las visitas son así, esporádicas y breves, todo siempre es bonito, todos siempre te tratan bien, todo parece un cuento de hadas en donde el único problema es que al final de la visita hay que comprar un pantalón nuevo porque los que uno llevó no cierran debido a que uno come desesperadamente y sin medida alguna todas aquellas delicias que solamente pueden comerse en el Perú (sin falsa modestia alguna, el país donde mejor se come en el mundo).
¿Qué hablar y querer desde fuera es fácil porque no se vive el día a día y las idas y venidas que sólo se sufren viviéndolas in situ? No lo sé. No creo. Alguna vez lo pensé cuando vivía en el país y leía gente viviendo fuera opinando de cosas de dentro. Pero ahora que vivo fuera es paradójico que a uno le cueste tanto desligarse de esa necesidad de estar al tanto de lo que pasa dentro. Es irónico reconocer que hoy en día reviso diariamente las noticias del Perú como parte de mi rutina diaria, quizás más que lo que las revisaba por allá. Y uno extraña. Y uno lee. Y uno se informa. Y uno se alegra. Y uno sufre –Dios sabe como sufrí a la distancia ese terremoto del 2007-. Y claro, inevitablemente, uno opina. Si eso es un pecado que le voy a hacer. Pecado de amor y nostalgia será. Ya lo cantaba Rómulo Varillas. Aquel que no ha pecado no es humano, aquel que no ha querido no ha vivido. Así que si se peca por querer a la tierra que a uno lo vio nacer, pues me declaro convicto y confeso.
Resulta digno de análisis como puede tocar a uno las fibras más intimas y hacerlo emocionar hasta el caracú, el escuchar las notas de un valsecito peruano. Uno cierra los ojos se imagina una cevichería, la Inca Kola o la cervecita, la canchita serrana para ir matando el hambre, la conversación de turno, mientras va sonando el punteo inigualable del maestro Oscar Avilés y el Zambo Cavero sentado en ese cajón que sólo Dios sabe como lo aguanta, arranca cantando “Cuando tengas que partir quiero que sepas, que estaré pensando en ti todos mis días, vivirás en mi alegría y mi tristeza, reinarás en el altar del alma mía, ... cada domingo a las doce saldré a la ventana para esperarte como antes después de la misa” (Pausa para esperar que el nudo en la garganta desaparezca o para que se piante de una vez el lagrimón).
Ahora que a la distancia, en una tierra que ha sabido acogerme con cariño y con la que corresponde ser agradecido, me casé con la mujer con la que Dios tuvo a bien bendecirme, y a la que amo con un amor que crece día a día, debo aceptar que, aunque nada es imposible, la vuelta definitiva luce muy lejana perdiéndose al final del horizonte. Si así ha de ser, estoy claro que ese cordón umbilical que me une a mi querido Perú no va a romperse nunca y que como reza la canción “sobre mi pecho llevo tus colores y están mis amores y cuando yo muera me uniré en la tierra... Contigo Perú”.
Chicha y mazamorra morada. Santa Rosa, San Martín y Cristo Moreno en morada procesión, con olor a sahumerio y turrón de Doña Pepa de por medio. Clásico mi Alianza frente al acérrimo pero necesario rival en mi íntimo Matute o en el gigantesco Monumental en ese fútbol nuestro que seguimos a pesar que las glorias y triunfos sólo se recuerden en blanco y negro. Pinglo y Chabuca. Cavero y Avilés. Fiesta Criolla y Embajadores también Criollos. Lucha Reyes y la incomparable Eva Ayllón –me pongo de pie y me saco el sombrero otra vez-. Gianmarco y el Maestro Juan Diego Florez. Tilsa Tsuchiya y Fernando de Szyszlo. Vargas Llosa y Bryce-Echenique. Tiro, voley y surf u oro, plata y campeonato mundial que es lo mismo. Costa, sierra, selva, vals, huayno y cumbia.
Perú. Mi Perú. Con todos sus contrastes. Con todas sus oportunidades. Con su pasado milenario. Con todo lo malo y lo feo. Pero también con todo lo bueno. Perú. Mi tierra, mi familia, mis amigos, mi música, mi fútbol, mi comida. Espero que sepas comprender y perdonar la distancia, pero sabes que te sigo queriendo o lo que es más peculiar, te quiero aún más. Te amo Perú, Generoso Bello Durmiente.
Sí, demasiada nostalgia lindante con la cursilería, que se le va a hacer... Cholo soy y no me compadezcan... feliz 28...aquí, allá o acullá... ¡Que Viva el Perú carajo!
* Esta es nueva versión de escrito hecho hace dos años, mejorada y "reloaded"
miércoles, 15 de julio de 2009
Tarata
Aquella noche del 16 de julio de 1992 estudiaba con El Gordo para finales de ciclo en la universidad. Estábamos en mi casa con mi hermana menor y mi madre. Mi otra hermana estaba fuera, no recuerdo donde. En determinado momento se fue la luz, lo que no era raro por aquellas épocas en los que las torres de energía eléctrica eran los blancos favoritos de los terroristas (en aquel año fue que salió aquella canción de Los Nosequien y Los Nosecuantos llamada precisamente “Las Torres”). Bueno fuera que hubieran seguido teniendo las torres como blanco preferido, pero hacía tiempo que en las provincias también victimaban a gente inocente, y para los limeños, el remezón se fue intensificando de a poco, con el atentado al local del Canal 2 en junio del 92 como la muestra más palpable que el terrorismo seguía indetenible en su avance y en su locura asesina.
Como a las nueve y pico de la noche entonces sucedió. El bombazo al Canal 2 lo habíamos sentido fortísimo a pesar de estar lejos de esa zona, pero la de esa noche fue la explosión más fuerte que sentimos. Fue como si el ‘bombazo’ hubiera sido a la vuelta de mi casa. Ensordecedor, estremecedor, aterrador. Recuerdo el terror en los ojos de los presentes en casa, deduzco que ellos reflejaban el terror de los míos. Aún ahora casi veinte años después, me estremezco al recordarlo y escribirlo. Sin televisión y a la luz de las velas buscamos el ‘radito’ a pilas que en esos años se había convertido en compañero inseparable. Tres cosas tenían que haber siempre disponibles en la casa: baldes de agua, velas (y fósforos) y el ‘radito’, con el que se cumplía aquella canción que decía que “la radio está más cerca de la gente”. Cómo no podía ser de otra manera pusimos RPP, Radio Programas del Perú, que ya con Miguel Aguirre en el estudio y con sus reporteros en la calle con Jesús Miguel Calderón a la cabeza, trataban de transmitir serenidad a la población en tanto se ubicaba donde había sido el atentado.
Mi madre andaba desesperada en su preocupación por mi hermana, la que estaba fuera de casa. Afuera se podía escuchar algún vecino murmurando haciendo un réquiem por su ventana rota. Las noticias fueron llegando y así supimos –vía RPP- que el atentado había sido en Miraflores, a cinco minutos de casa, en la Calle Tarata, apenas a metros de la Avenida Larco a la que Frágil le dedica aquel clásico “Viernes Sangriento”. Nos quedamos mudos. Miraflores a esa hora de la noche tiene una gran afluencia de gente al ser un distrito muy comercial, pero adicionalmente, la pequeña Calle Tarata tenía edificios residenciales. Escarapelaba el cuerpo pensar cuantos muertos podían haber tras el atentado.
Mi hermana llegó al rato y mi madre no sabía si recriminarle su ausencia o darle gracias a Dios de verla llegar sana y salva. La pobre venía muy asustada. El bus en el que venía a casa pasó por la zona del desastre unos cuantos minutos después y a la distancia pudo apreciar que el panorama era desolador. La luz llegó y la televisión comenzó a mostrar las imágenes del horror. Donde minutos antes había edificios y departamentos, ahora sólo quedaban inmensos agujeros que parecían gritar desgarrados su dolor. En medio de los escombros, gente mal herida llamando a sus seres queridos desaparecidos sin poder encontrarlos. El humo que se desprendía del fuego de los incendios se mezclaba con el olor a muerte en el ambiente. En casa uno pasaba del terror a la indignación, a rumiar con dientes apretados y ojos enrojecidos la bronca que daba esa situación de nunca acabar y sentir que aquella violencia que los limeños vimos –quizás con culpable indiferencia- a la distancia durante muchos años, ahora estaba ahí, más que tocando la puerta, ya ingresando en el hogar de uno.
Después llegaron los números: 25 muertos (entre ellos dos estudiantes de la universidad, una de ellas de la Facultad de Derecho; a la entrada de la facultad aún hoy debe haber un árbol que en ese momento fue una pequeña ramita sembrada en recuerdo de ella), más de 200 heridos, incontables daños materiales, todo ello cortesía de dos coches bomba que en total contenían casi una tonelada de dinamita y anfo. El miedo, el dolor, el luto, la paranoia, el terror, eso era, y es imposible de medir, cuantificar, o agregar a las estadísticas como un componente más de las mismas.
Curiosamente Tarata fue el acercamiento más dramático del terror a los limeños, pero al mismo tiempo fue, sin querer queriendo, el principio del fin para sus desalmados autores. Aquella fatídica noche ni el más optimista hubiera podido asumir que menos de dos meses después su líder iba a caer apresado, por obra y gracias de quien quiera que haya sido finalmente el responsable de esa captura. Hoy 17 años después el recuerdo acudió a la mente con mucha fuerza y quise calmar los sentimientos que saltaron al recordar, escribiendo un poco, esperando que aquellas víctimas hoy puedan estar descansando en paz. En realidad, que todas las víctimas inocentes de la violencia, sea de donde provenga la misma, puedan descansar en paz. Como en paz reposa la Calle Tarata hoy, convertida en un apacible Boulevard, por el que pasa muchísima gente que ya ni se acuerda lo que pasó allí o que ni siquiera había nacido en aquel momento, y se entera del asunto cuando ve el pequeño monumento que recuerda a los ausentes.
Obviamente tres días después, el 20 de julio, lo pasé junto a mi madre y mis hermanas en casa, siguiendo las noticias que tenían como tema excluyente las secuelas del atentado. El Nirvana estaba cerrado y esa explosión se llevó hasta el recuerdo del nombre de aquella muchacha a la cual nunca más volví a ver.
martes, 7 de julio de 2009
MJ

Con Jackson no ha sido la excepción a la hora de la hipocresía y los extremos. Resultaron melosas hasta el cansancio las múltiples declaraciones de gente destacando las virtudes del buen Michael de modo tal que poco más y el 25 de junio tendría que agregarse en el Santoral el día de San MJ. Pero su muerte también saco lo peor de mucha gente, convirtiéndose de repente en jueces de la Suprema Corte de Justicia, y despachándose con todos los ataques habidos y por haber, condenando al mismo infierno al difuntito por crímenes que cometió, que pudo haber cometido, por los que lo juzgaron, y por los que nunca fue condenado. Y no faltaron claro, aquellos que sinceramente hastiados de la inevitable cobertura mediática, apelaron a una repentina conciencia social internacional reclamando que en Honduras había un golpe, en Irán una revuelta y que las noticias deberían enfocarse en lo que realmente importa y no en MJ, vapuleado en vida y también recibiendo sus ‘chiquitas’ post mortem.
Para mi ni santo, ni demonio, sino un músico y un artista de los mejores. Mi vida está muy ligada a la música –o la música ligada a los pasajes de mi vida en la que escuché tal o cual canción-, y debo reconocer que Thriller fue por allá en el 83 u 84 (deduzco que en el 84 porque los discos y cassettes llegaban con cierto retraso en esa época a mi querido Perú), el primer cassette por el cual insistí mucho para que me lo compren. Cuando por fin lo tuve lo escuché hasta el cansancio en la grabadorita de mano de mi querida abuelita durante los tres meses de verano que solía pasar con ella, en los que eran los mejores tres meses del año durante mi etapa escolar –sí, los de las vacaciones-. Disfrute el video de Beat It, sufrí el de Thriller –no sé si por los zombies o por la sonrisa tenebrosa de Vincent Price-, y traté de forma infructuosa una y otra vez de hacer el bendito “moonwalk” con resultados francamente lamentables, y vistos a la distancia penosamente ridículos. Dos canciones de perfil bajo de ese disco fueron por aquella época mis predilectas: Human Nature y The Girl is Mine, aquel dúo con otro tremendo músico, Paul Mc Cartney .
Después en mi cumpleaños del 85, un amigo del colegio llevó a mi casa un cassette con una canción llamada In Between Days, de un grupo llamado The Cure, y mi mundo musical no volvió a ser el mismo nunca más. Michael pasó a un segundo plano, y luego de We Are The World, no hubo puja por adquirir otro disco del susodicho. Entre el colegio y la universidad fui descubriendo no sólo a The Cure sino la música ochentera que es mi preferida hasta estos días. Alguna de ella algo tarde sí, pero que mas da, igual uno puede seguirla disfrutando hasta ahora. Cómo la música de Jackson seguirá siendo escuchada y disfrutada, aunque sea tardíamente por las generaciones venideras. Porque la música tiene la particularidad de perdurar en el tiempo. Gracias a eso, uno ahora que entra a una fase más madura de la juventud, puede disfrutar la música de Frank Sinatra por ejemplo. Y supongo que de acá a 50 años, se podrá seguir disfrutando de un disco como Thriller, del mismo modo que yo lo hice en su momento, grabadora de mano en el oido, en medio de una agradable tarde de verano en el balcón de la casa de mi abuela, acompañado de ella, mi tan querida y extrañada abuelita.
Que Jackson es bueno, que Jackson es malo, que era un santo, que era un pervertido, y siguen balas para uno y otro lado....la gente seguirá hablando hasta que la tierra cubra definitivamente el cajón y sólo quede la música. Entre todas esas voces, tímida y sollozante, se alzó la de la pequeña Paris que como pudo logró decir en medio de su dolor que “Ever since I was born, daddy has been the best father you could ever imagine, and I just wanted to say I love him so much”). De tantas cosas que se han dicho y se dirán, para Michael Jackson, el ser humano detrás del personaje público, probablemente Paris y sus hermanos sean las únicas personas, y esas sean las únicas palabras que realmente le importaron y le importaran desde donde quiera que esté.
Gracias por la música mi estimado MJ. Después de eso, no estoy para idolatrarte, pero tampoco soy nadie para juzgarte.
miércoles, 24 de diciembre de 2008
Que 20 años no es nada ... (¡Salud muchachos de la Gloriosa 88!)
El último día de colegio tampoco lloré. Tenía muchísima alegría. Yo diría que ese debe haber sido uno de los días en los que más disfruté una auténtica sensación de libertad y victoria. El cumplimiento de una etapa de la vida, la finalización del colegio, el compartir la algarabía del resto de mis compañeros, sonrientes a más no poder, descamisados todos mientras la blanca prenda perdía su pureza a punta de dedicatorias y firmas de los demás muchachos con plumón, lapicero y lo que hubiera a la mano, era un día donde uno estaba para disfrutar de lo que pasaba, y no para pensar en lo que dejaba.
¿Qué se dejaba? Once años de innumerables experiencias tras las cuáles aquel pequeñito tímido y silencioso se convirtió en el adolescente un poco menos antisocial que salió del colegio, dispuesto a enfrentar el siguiente paso, enfermo de The Cure, devoto del Alianza y seguidor de todos lo que sea fútbol. Pero se dejaban también amigos y compañeros de muchos años con los que uno creció, con los que uno se divirtió, jugó, rezó, sufrió y vivió hasta más no poder. En ese momento no era consciente –y deduzco que la mayoría de ellos tampoco- que por encima de las promesas de juntarnos y vernos para no perder el contacto, con la mayoría no nos volveríamos a ver en años, y con algunos nunca más... quien podía saber algo del futuro cuando el presente todavía no terminaba de despedirse....quien podía ponerse nostálgico a cuenta, cuando la alegría y el regocijo era el sentimiento correcto para un momento como aquél...
Guardo gratos recuerdos de mi experiencia por el colegio. Si hubiera alguno ingrato, con los años he decidido que para que el disco duro de mi memoria no se sature, debo darle delete a cosas que no aportan y dejar aquellos recuerdos que al pensar en ellos me traigan alegría y una sonrisa en la cara. Y del colegio hay muchos, tantos que no alcanzarían para ponerlos en un blog sin que se corra el riesgo de volver la nota larga, tediosa y aburrida.
¿Qué me viene a la cabeza ahora mismo?
- Los partidos de fulbito con ‘chapita’ en los recreos. Cuando había una pelota era un día especial, pero también se corría el riesgo que cuando la misma caía en pies de los de años mayores, la ‘volaran’ para embromarnos la paciencia. Con la chapita en cambio, no había pierde. Total, chapitas había para regalar... Había que ver la destreza que se alcanzaba a tener para jugar con tan diminuto ‘balón’.
- Los campeonatos de fulbito de los primeros años... yo llegue a jugar de pequeño (y mal no jugaba)... luego ya no tanto...pero en esos años el recuerdo me atraganta la garganta porque me trae a la mente a mi adorada abuelita, la fanática número uno –cuando no la única- de su nieto, que no se perdía ningún partido cuando el jugaba (como al poco tiempo ya jugaba poco y nada, mi abuelita pudo dejar sus oficios de barra brava tranquilos, je).
- Los meses de mayo. Es curioso. En aquel tiempo no terminaba de valorarlo, pero al estar en un colegio marista, mayo era el mes más especial al dedicárselo a la Virgen María. Vuelvo al punto, sentía ese regocijo especial pero se me pasaba rápidamente... y sin embargo, todo eso se me quedó grabado en algún lugar, porque la presencia de la Madre en mi vida y mi reencuentro con ella desde hace ya unos años me permitió darme cuenta que todo aquello no fue en vano, ni me entró por un oído y se fue por el otro...soy mariano, y el colegio tuvo mucho que ver en ello.
- La inolvidable ‘barra brava’ del básquet en el campeonato de Adecore del 88. En ese último año del colegio la base del equipo era obviamente de nuestra promoción. No sólo por ser los mayores, sino porque eran los mejores. Kike, Paolo y los demás muchachos impusieron desde el primer partido condiciones y nos hicieron ilusionar con ganar una medalla en nuestro último año...y la barra se fue armando y emocionando. Fanáticos como éramos del fútbol, se hizo una mezcla de costumbres de hinchadas peruanas (los ‘contómetros’ a la cabeza) con cánticos de barras argentinas (y papelitos y banderas)...y vaya que esa barra fue la mejor de todas... no sé si antes hubo en el básquet de Adecore una como aquella...y si la hubo después, pues la nuestra fue pionera. Y el equipo no nos defraudó: tras derrotar a todos los rivales, en Barranco, en el Callao y donde sea, perdió la semifinal con Santa María en un 51-50 de infarto y ganó merecidamente la disputa del tercer lugar contra Inmaculada en el Maristas, una noche en donde el legendario Cachaquito tuvo su vuelta más imborrable: Con el desparpajo que siempre tuvo, de repente cuando menos se pensaba, en un tiempo muerto salía corriendo de la barra con la bandera del colegio en la mano y daba la vuelta al court mientras la barra cantaba cuando la termina y empezaba a subir el “sube Cachaco sube, sube Cachacho sube"... un clásico... hasta que justo ese día en el Maristas, cuando subía triunfante a coliseo lleno y ovacionado por la barra, plaf! el hombre se tropieza y trastabilla, pero no perdió ni la compostura ni la frescura, se paró muerto de risa y concluyó su vuelta como si nada... ¡que grande Cachaquito!
- ¡El Club Viernes! Los viernes en la secundaria eran días especiales, no sólo porque terminaba la semana de clases, porque empezaba el fin de semana y porque al final del día podría ir a pasar el fin de semana con mi abuelita, sino porque después de clases uno se quedaba a jugar fulbito con el colegio vacío y la canchita a disposición de la veintena de muchachos que nos quedábamos hasta que la luz del solar daba paso al atardecer barranquino. El bendito Club Viernes, querido Club Viernes, inolvidable Club Viernes. Deben haber sido de los mejores momentos de mi vida en el colegio. Porque éramos un grupo de compañeros y amigos que jugábamos por el placer de compartir y de jugar fútbol. Ahí jugábamos todos: los que no sabían jugar, los malos, los cumplidores, los entusiastas, los buenos, los muy buenos y hasta los seleccionados... todos mezclados, sin distinción... disfrutando de las buenas jugadas, pero también de los bloopers hasta que el cuerpo no daba más...ahí estaba el burrito con sus disparos fortísimos que o eran gol, o dejaban un moretón al que le caía...o mandaban la pelota fuera del colegio... ahí estaba el potrillo, chazita, pofavó, el goleador histórico, foquito, toño, renzo, ivan, oscar, luchito, metaleno, el chumpi, jano, kike, aldo... todos, me faltaría espacio porque creo que en su momento todos alguna vez pasaron por el club y fueron sometidos a la correspondiente calificación de “El Gráfico” con sus particulares comentarios... esas tardes de viernes no se me borran nunca de la memoria y del corazón...
- Clases con profesores de todo tipo, queridos, resistidos, inolvidables, pasajeros; retiros, actuaciones, el viaje a Cusco al que no todos pudimos ir pero los que fueron lo gozaron, bien gozado, los muchachos que integraron la banda, los desfiles de fiestas patrias, los sanguchitos del kiosko, el descubrimiento de The Cure, y eso de ahorrar para comprar los cassettes ‘caleta’ que ‘nadie’ tenía, tantas cosas, tantos recuerdos...
Recuerdos que los muchachos en Lima podrán revivir este domingo 27 en la celebración de los 20 de la 88. Me alegra que se vayan a juntar, me alegra que la convocatoria haya prendido, y me alegra que vaya a salir lo bien que va a salir sin ninguna duda. Yo a la distancia me lo voy a perder, pero confío disfrutar los relatos, fotos y videos que a partir del lunes 28 los presentes empiecen a compartir.
lunes, 1 de diciembre de 2008
¡Bienvenido al Mundo!

Se fue noviembre, pero con su partida nos dejo una enorme alegría: la llegada de un sobrinito nuevo, justo cuando se deshojaba la última página del almanaque de dicho mes y se empezaba a pensar que el muchachito quería esperar hasta diciembre. No señor, para noviembre estaba, y en noviembre llegó para iluminar la vida de todos sus seres queridos.
En honor a la verdad es una cosa impresionante el proceso de traer al mundo a un nuevo ser. Esta vez pude vivir las horas previas (anduvimos en la clínica desde las dos de la tarde y el chiquilín vio la luz cerca de las nueve de la noche), y es tremendo. Imagino que si Dios dispone, en algún momento voy a vivir la experiencia como actor principal, léase, como padre, pero ahora viéndolo desde fuera, pero bien cerquita, como quien dice, desde un asiento VIP, fue algo que me impactó.
Primero reafirmar aquello que Dios sabe como hace las cosas. No es casualidad que la que dé a luz sea la mujer. Cuanta fortaleza en medio de los dolores del parto inminente. Eso del ‘sexo débil’ definitivamente tiene que ser una broma de mal gusto que ya no solamente suena anticuada, sino que luce como muestra de peligrosa ignorancia y necedad.
Y el padre. Cuanto nervio, cuanta expectativa, cuanta ansiedad, sobre todo cuando uno es primerizo. Ahí está uno luciendo tranquilo y sereno, como se requiere para transmitir la misma también a la futura madre, pero sabiendo que la procesión va por dentro y deseando que todo pase de una vez, que el muchachito llegue y que la madre y adorada esposa deje ya de sufrir. Es conmovedor y hermoso ver la unión de esas manos, la de la mujer apretando la del hombre ante una nueva contracción y la del hombre sosteniendo la de la mujer, dándole fuerza, paciencia...bah, amor, al fin y al cabo que se eso se trata todo ¿no?
Y entonces el milagro de la vida. La grandeza de Dios manifestada en la pequeñez de esa criatura que la enfermera saca cuidadosamente y coloca con cuidado en el colchoncito para que el bebe quede expuesto a la vista de toda la familia –exultante de alegría y emoción-, con gente sonriéndole y haciéndole gestos detrás de un vidrio, con un entusiasmo que emociona hasta el caracú.
Uno no deja de hacer trabajar la mente... pensar que hace menos de diez minutos, él estaba dentro del vientre de su madre, y ahora está aquí, desperezándose con olímpica indiferencia frente a las miradas de todos los que le observan, estirando sus manitas y piernitas, bostezando, abriendo y cerrando los ojos, respirando, con el corazoncito latiendo más sano y más fuerte que nunca... Hace nueve meses no existía, hace diez minutos era uno sólo con su madre...y ahora está aquí comenzando a latir...comenzando a vivir... impresionante, emocionante, y todos los calificativos similares que se puedan dar...
El milagro de la vida en toda su expresión... ¡Bienvenido al mundo querido pequeñín!