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| Robert Smith, el mítico líder de The Cure, finalmente en Lima Foto: Miguel Bellido - elcomercio.pe |
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| Robert y compañía "dejaron todo en la cancha" con más de tres horas y media de la mejor música Foto: Miguel Bellido - elcomercio.pe |
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| Robert Smith, el mítico líder de The Cure, finalmente en Lima Foto: Miguel Bellido - elcomercio.pe |
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| Robert y compañía "dejaron todo en la cancha" con más de tres horas y media de la mejor música Foto: Miguel Bellido - elcomercio.pe |
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| Mi primer 10k: arrancó y terminó donde dice 4km (sí, pasamos 3 veces por ahí) Al final el tiempo oficial fue 1.13.39, un éxito total. |
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| Antes de iniciar la carrera |
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| 4222 inscritos, entusiasmo al por mayor (Foto: Facebook de Kilometros por la Educación) |
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| Un ejemplo admirable, la foto se explica sóla, las palabras sobran (Foto: Facebook de GatoradeRD) |
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| Y me di el gustazo... esa medalla vale oro |

De María, mi Madre, ¿qué puedo decir? Que en mi vida siempre he sentido su amoroso manto de amor e intercesión por mí ante su Hijo. No habrá sido casualidad haber estudiado en un colegio “Marista”, ni el hecho que ya mayor en mi permanente –y no pocas veces fallida- búsqueda de coherencia entre lo que hago y lo que digo y profeso, su figura y su ejemplo de fe, confianza y abandono en Dios, sean un aliciente para continuar en el intento. Cada 8 de diciembre, mi primer pensamiento al despertar está dirigido a saludarla en su fiesta de la Inmaculada Concepción. De María podría escribir interminables párrafos. Hoy me basta con dejar en claro que la venero con devoción y que doy Gracias a Dios por Ella, mi Madre María.

En 1980 era poco y nada lo que yo sabía de The Beatles, así que no voy a venir a decir que recordaba lo que hacía cuando me enteré de la noticia de la muerte de John Lennon. Recuerdo sí, que leí la noticia o la vi en la tele y que en aquel momento lo que me pareció más incomprensible fue que el asesino, Mark David Chapman, le había pedido un autógrafo par de horas antes, como inmortalizó una foto de Paul Goresh. Aprendí a disfrutar de la música de The Beatles muchos años después, y mientras más pasan los años, más disfruto y valoro la dimensión que dicho grupo tuvo en la música de nuestro tiempo. No cabe duda alguna que hay un antes y un después de Lennon, Mc Cartney, Harrison y Starr. A treinta años de su temprana y absurda desaparición, la figura de Lennon se hace más mítica y legendaria y como sucede con figuras de esa relevancia y de trágico final, se resalta –y hasta exagera- lo bueno, y se deja de lado lo malo o lo polémico. Como personaje, Lennon no deja de ser tan ángel como demonio, como refiere Diego A. Manrique, pero al que a mí me interesa recordar siempre es a John, el artista, el genial miembro de The Beatles. Lo bueno con la música es que ahí están los LPs, cassettes, discos compactos y ahora hasta iTunes, para dejar constancia imperecedera de tantas buenas canciones.

Lo que sí recuerdo, y nunca podré olvidar, es como viví aquel 8 pero sobre todo, el 9 de diciembre de 1987. Del 8 –feriado en Perú- recuerdo que escuché en casa de mi adorada abuelita el resultado del partido en Ovación “un Perú en sintonía” y con la alegría de saber que Alianza ganó en Pucallpa y que el equipo de Marcos Calderón se afianzaba en el campeonato, fui con la familia a escuchar Misa de la Inmaculada Concepción a las 8 de la noche en la parroquia Santa Rita de Casia. Recuerdo el detalle porque durante los meses siguientes me atormentó la idea que en el mismo momento que escuchaba misa, los jugadores de mi querido Alianza morían en un trágico accedente.
El 9 vuelve a mí con una claridad de High Definition. Mi hermana susurrándome que “están buscando el avión de Alianza que no aparece”, el brusco despertar para ver Buenos Días Perú y poder escuchar en algún momento la noticia esperada: que el avión había sido encontrado y todos estaban bien. La realidad que le pega un cachetazo a la esperanza cuando las primeras noticias confirman la caída del avión y la aparición de dos cuerpos, uno de ellos del utilero Andrés Eche. La bronca de saber que el avión llegó a pasar por el aeropuerto, pero debió dar una vuelta adicional y allí se produjo la tragedia. El estado de negación de la realidad en el que me sumí: estaba pasando, pero tenía que ser una película, eso no podía ser verdad. Prender la radio para escuchar “La mañana de El Veco” y que el entrañable periodista uruguayo me dijera que lo anterior era una broma de mal gusto; pero no. Sólo encuentro a don Emilio quebrándose y rompiendo en llanto al comentar la noticia. Para un adolescente apasionado de forma radical con el fútbol y aliancista hasta el tuétano se derrumba el mundo y cae la noche aunque apenas estemos por llegar al mediodía. Recluido en mi cuarto, continúe escuchando la radio (que en esas épocas sin cable y sin internet, realmente estaba “más cerca de la gente”). Quería que RPP, Radio Cora, Panamericana, alguien me dijera que todo era una pesadilla y que mi hermana no me había despertado, sino que seguía viviendo un mal sueño del que en algún momento tendría que despertar. Si hasta terminé escuchando al polémico Tito Navarro. Para qué, escucharlo conmovido y sin palabras, justo a él, sólo sirvió para apesadumbrarme más. No recuerdo haber comido. Recuerdo haber vivido con un nudo en la garganta que se rompió para dar paso a las lágrimas interminables cuando escuché a Didí llorar en Ovación entrevistado por Pocho Rospigliosi, mientras recordaba a sus muchachos, a sus potrillos (aún hoy me estremezco al escribir ese recuerdo).
Debo haber quedado en estado de shock por muchos días. Ya de vacaciones en el colegio sólo pasaba los días pegado a la radio y al televisor esperando que aparezcan los benditos cuerpos que el mar se negaba a devolver. Recuerdo el estadio, aquellos arreglos florales en la cancha en la posición de cada jugador, aquel partido contra Independiente de Avellaneda a estadio lleno, mezclando el aliento con las lágrimas. Esas lágrimas que hicieron que mi padre me advirtiera que dejaría de ver televisión si seguía hecho una magdalena ante la noticia de un nuevo jugador aparecido, porque me estaban haciendo daño. Ese mismo padre –otro aliancista empedernido- que apenas una noche después de esa advertencia, lloraba como un niño junto a mí frente a la tele al ver en “90 segundos” la aparición y sepelio del querido José “Caíco” González Ganoza, que con sus 33 años, era el más “viejo” de los jugadores que se fueron para no volver.
A la distancia, con más años y menos apasionamientos, con mayor frialdad, uno hasta se sorprende de cómo pudo haberle afectado tanto esa tragedia. Pero seguramente, si tuviera la misma edad, en las mismas circunstancias, me hubiera afectado como sucedió. Después de todo se dice que el fútbol es un sentimiento y los sentimientos te hacen reír, y te hacen llorar. Otros dicen que es un arte, y el arte conmueve. Así que esas lágrimas bien vertidas estuvieron y esa pena tuvo razón de ser, así como este recuerdo nunca estará demás.
Me parece increíble que, como si fuera un soplo de vida, ya hayan transcurrido 23 años desde aquella fatídica jornada. Y sin embargo, no hay 8 de diciembre en el que no haga una oración por el descanso eterno de todos los fallecidos en aquel accidente, pero en especial por el Chueco Marcos, Caíco, Sussoni, Pechito, Reyes, Watson, Tejada, Mendoza, Peña, Chamochumbi, Cavero, Garretón, Tomassini, León, y los inolvidables potrillos José Casanova, Carlitos “Pacho” Bustamante, y el 19, Luis Antonio “El Potrillo” Escobar. Todos ellos, siempre presentes en mi corazón aliancista.
8 de diciembre. Menuda fecha, vaya que sí.
* Imagen de la Inmaculada Concepción disponible aquí.
* Imagen de John Lennon disponible aquí.
* Imagen de Alianza Lima del 8 de diciembre de 1987 disponible aquí.


Hace dos semanas que soy padre. Ergo, si no soy la persona más feliz del mundo, por lo menos choca en el palo. Lo curioso es que ante uno de los eventos más hermosos y trascendentales de mi vida, me he quedado sin palabras. O quizás más que ello, lo que sucede es que no encuentro la palabra exacta que pueda transmitir lo exultante e indescriptible del sentimiento que vivo.
Eso sí, la experiencia me permite reafirmar y descubrir una serie de situaciones. Primero, mi fe en Dios más fortalecida que nunca por tantas bendiciones y por la impresionante experiencia de la concepción, el embarazo y el parto natural. Dios Padre Creador. Luego mi admiración a la mujer, en especial a mi esposa ciertamente, aumentada de forma exponencial. La bendición de ser madre tiene su prueba de fuego con un inicio en donde la mujer saca fuerzas y aguanta con valor, con pundonor y sobre todo con mucho amor. Dios bendiga a la mujer. De hecho mujer también fue la doctora que atendió el parto, una estrella, una fuoriclasse . Y por otro lado, comienza el inevitable camino de descubrir y valorar en un modo distinto, más íntimo, menos superficial, más profundo, a mis padres. Apenas en quince días uno empieza a ver, sentir, escuchar, palpar de una forma nueva, con un inevitable tufillo paternal. Y ahora es que recién se empieza a desandar el camino.
Y en medio de tantas sensaciones, sentimientos y pensamientos, esta mi hijo. Una creación y una bendición de Dios, tan vulnerable como hermoso, tan frágil como despierto, único hasta lo inigualable. Benditas sean los trasnoches a punta de cambios de pañales y acompañar a mi esposa mientras lo alimenta. Que duren para siempre aquellos momentos donde esa cabecita de pelitos lacios y oscuros, decide descansar confiada en mi hombro.
Quien sabe, quizás las horas muertas en las que quedo absorto simplemente mirándolo dormir puedan ser mejor testimonio que diez mil palabras, de todo lo que él significa para mí.
Te amo hijo mío, bendición de Dios.
Imagen disponible aquí

Seguimos haciendo fuerza por ti Gustavo. Y digo seguimos porque somos mucho más que dos. Ya van casi cuatro meses desde tu viaje particular, tan único, tan especial y nosotros, egoístas al fin, desesperamos porque vuelvas y nos cuentes lo que viviste por allá. Como si no nos hubieras regalado suficiente con tu música, queremos que vuelvas, en el séptimo día o en un millón de años luz, pero que vuelvas por acá. Egoístas, eso es lo que somos. Quien sabe si lo único que quieres es que como tantas veces nos dijiste En Remolinos, te dejemos vivir este sueño, el mejor que has tenido. Fuerza Cerati.
Imagen disponibles en Facebook oficial de Gustavo
... estoy enamorado de este lugar”... así reza esa hermosa canción de los Hijos del Sol que en la incomparable voz de Eva Ayllón nos recuerda las cosas buenas de nuestro querido Perú.
Hoy también amanecí decidido a estar enamorado de estar aquí, en el mundo, planeta tierra, vivo y respirando, después que El de Arriba me mandara par de mensajes “duros y curveros” a través de la Homilía de ayer. Y es que en plena época en donde buscar un sacerdote incoherente esta de moda y hasta llega al extremo de quedar bien en una charla entre amigos bajo la premisa que todos los curas son iguales, el buen padre Gerry, infaltable en la misa de 7 de la tarde en mi Parroquia, es una muestra de lo errónea de esa premisa, y ayer fue tocado por el Espíritu Santo para hacernos llegar un mensaje de aquellos imperdibles.
El mensaje de las lecturas de ayer domingo puede resumirse en una frase “Viejo... ¡estás vivo!, alégrate y dale gracias a Dios”, y me cayó como una bofetada en el rostro por varios motivos.
Por un lado tenía la tristeza de estar recordando en la misa a Kamel, un buen hermano de la Parroquia que de repente nos dejó para ir a la casa del Padre. Andaba meditabundo, pensando cuantas veces Kamel anduvo en esa misma misa, sirviendo ahí a la derecha del altar y este era el primer domingo donde sin duda alguna compartía la celebración dominical con nosotros pero desde allá viva, junto a su Dios y a María.
Por el otro, las últimas semanas obvié aquél mensaje de Jesús que nos dice que “donde está tu tesoro, ahí está tu corazón” y bajo la excusa de la mudanza, mi cabeza, mi corazón, mi tesoro y todo mi ser anduvo totalmente desenfocado en cosas materiales, en broncas y disgustos porque faltaba tal cosa, en una irascibilidad insoportable con las diversas personas que debían resolver diversos detalles, y en un estado de queja, crítica y desaliento, en virtud del cuál, para ser honesto, ni yo mismo me aguantaba.
En eso andaba, cuando llegó la Lectura de la Palabra y su correspondiente Homilía. Escuchar esa Palabra escrita hace tanto tiempo, que se hacía tan vigente para mí, diciéndome que la cólera dura un instante, pero la bondad del Señor es de por vida y que siendo un Señor que muta nuestro llanto vespertino en un júbilo propio del alba por el cuál bien vale darle las gracias, me llegó profundamente. Y luego en la Homilía, el mensaje recurrente: te obsesionas tanto a veces en andar quejándote, en ver todo lo malo, en criticar, en ver el lado malo de las cosas, que te olvidas de algo primordial y sencillo: la enorme bendición de estar vivo en este mundo que está a nuestra disposición para intentar ser felices mientras vida tengamos. Cuan ciegos y obnubilados podemos quedar cuando desviamos nuestro corazón y nuestra mirada de las cosas realmente importantes para hacerte un embole existencial por cosas que a la hora de la verdad resultan de lo más intrascendentes.
Menudas formas de hablarte tiene el Señor. Entiendo que las cosas no van a cambiar mucho y lo que anda mal va a seguir mal. Pero yo como que puedo variar un poquitillo la actitud. Bien vale la pena intentarlo como un gesto de agradecimiento por la vida misma. Así que nada, no tengo ni idea cuanto me va a durar y seguro no tardaré en quejarme o molestarme cuando las cosas no se hacen como se deben, pero mientras tanto, hoy me tomaré un break y no me quejaré, simplemente daré gracias a Dios por estar acá, escribiendo par de líneas que nadie va a leer, pero dándome el gustazo de hacerlo.

"...Déjame que te cuente limeño, Ay deja que te diga moreno mi pensamiento...a ver si así despiertas del sueño, del sueño que entretiene moreno tu sentimiento...” (Chabuca Granda dixit –me pongo de pie y me saco el sombrero-)
Dicen que la distancia es el olvido, pero igual que Roberto Cantoral, yo tampoco concibo esa razón. Tras ocho años y medio lejos de mi país, cada día que pasa genera un inexorable crecimiento de la ligazón con mi querido Perú. También dicen que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde y algo de cierto debe tener la bendita frase, tan manoseada y utilizada por todos alguna vez en su vida. En mi caso también debe ser verdad. Viviendo en la Lima de antaño, también Lima la horrible, hoy Lima la añorada, pocas veces uno supo apreciar lo bueno y hermoso de mi ciudad. Siempre es más fácil verle la quinta pata al gato y ver solamente lo malo y lo feo, nunca lo bueno. ¡Menuda lección la que brindan los años, pero sobre todo la distancia!
¿Qué por qué se quiere tanto al Perú a la distancia? Es difícil saberlo o en todo caso poder explicarlo, ya que quizás predomina más el sentimiento que una o mil razones. En todo caso es un hecho concreto que por lo menos en mi caso –dado que las generalizaciones siempre son malas y sobre todo inexactas- ya concluí de forma irremediable que la nostalgia peruana me acompañará siempre y que el cariño por la tierra mía se mantendrá y más que eso, crecerá.
No es solamente Lima, es el Perú. Ese mendigo sentado en el banco de oro de Raimondi. Ese generoso bello durmiente de la Chabuca Limeña. Ese país que cobija en sus entrañas a Machu Pichu, maravilla del mundo aún antes que una votación por internet así lo confirmara. Es todo el Perú. Mi Perú.
¿La distancia y los años generan una sensación que lleva a idealizar el terruño lejano al extremo de recordarlo más hermoso y entrañable de lo que es? No lo sé. Puede ser, Tal vez sí. Tal vez no. Para el caso da lo mismo. Cada vez que vuelvo -ahora casi como un forastero en mi propio país-, lo veo mejorando, avanzando, creciendo, seduciéndome cruelmente a una vuelta definitiva. Quien sabe si engañándome cual mujer interesada, mostrándome sólo lo bueno y atractivo, ocultándome todo lo malo, todo lo feo. Después de todo, cuando las visitas son así, esporádicas y breves, todo siempre es bonito, todos siempre te tratan bien, todo parece un cuento de hadas en donde el único problema es que al final de la visita hay que comprar un pantalón nuevo porque los que uno llevó no cierran debido a que uno come desesperadamente y sin medida alguna todas aquellas delicias que solamente pueden comerse en el Perú (sin falsa modestia alguna, el país donde mejor se come en el mundo).
¿Qué hablar y querer desde fuera es fácil porque no se vive el día a día y las idas y venidas que sólo se sufren viviéndolas in situ? No lo sé. No creo. Alguna vez lo pensé cuando vivía en el país y leía gente viviendo fuera opinando de cosas de dentro. Pero ahora que vivo fuera es paradójico que a uno le cueste tanto desligarse de esa necesidad de estar al tanto de lo que pasa dentro. Es irónico reconocer que hoy en día reviso diariamente las noticias del Perú como parte de mi rutina diaria, quizás más que lo que las revisaba por allá. Y uno extraña. Y uno lee. Y uno se informa. Y uno se alegra. Y uno sufre –Dios sabe como sufrí a la distancia ese terremoto del 2007-. Y claro, inevitablemente, uno opina. Si eso es un pecado que le voy a hacer. Pecado de amor y nostalgia será. Ya lo cantaba Rómulo Varillas. Aquel que no ha pecado no es humano, aquel que no ha querido no ha vivido. Así que si se peca por querer a la tierra que a uno lo vio nacer, pues me declaro convicto y confeso.
Resulta digno de análisis como puede tocar a uno las fibras más intimas y hacerlo emocionar hasta el caracú, el escuchar las notas de un valsecito peruano. Uno cierra los ojos se imagina una cevichería, la Inca Kola o la cervecita, la canchita serrana para ir matando el hambre, la conversación de turno, mientras va sonando el punteo inigualable del maestro Oscar Avilés y el Zambo Cavero sentado en ese cajón que sólo Dios sabe como lo aguanta, arranca cantando “Cuando tengas que partir quiero que sepas, que estaré pensando en ti todos mis días, vivirás en mi alegría y mi tristeza, reinarás en el altar del alma mía, ... cada domingo a las doce saldré a la ventana para esperarte como antes después de la misa” (Pausa para esperar que el nudo en la garganta desaparezca o para que se piante de una vez el lagrimón).
Ahora que a la distancia, en una tierra que ha sabido acogerme con cariño y con la que corresponde ser agradecido, me casé con la mujer con la que Dios tuvo a bien bendecirme, y a la que amo con un amor que crece día a día, debo aceptar que, aunque nada es imposible, la vuelta definitiva luce muy lejana perdiéndose al final del horizonte. Si así ha de ser, estoy claro que ese cordón umbilical que me une a mi querido Perú no va a romperse nunca y que como reza la canción “sobre mi pecho llevo tus colores y están mis amores y cuando yo muera me uniré en la tierra... Contigo Perú”.
Chicha y mazamorra morada. Santa Rosa, San Martín y Cristo Moreno en morada procesión, con olor a sahumerio y turrón de Doña Pepa de por medio. Clásico mi Alianza frente al acérrimo pero necesario rival en mi íntimo Matute o en el gigantesco Monumental en ese fútbol nuestro que seguimos a pesar que las glorias y triunfos sólo se recuerden en blanco y negro. Pinglo y Chabuca. Cavero y Avilés. Fiesta Criolla y Embajadores también Criollos. Lucha Reyes y la incomparable Eva Ayllón –me pongo de pie y me saco el sombrero otra vez-. Gianmarco y el Maestro Juan Diego Florez. Tilsa Tsuchiya y Fernando de Szyszlo. Vargas Llosa y Bryce-Echenique. Tiro, voley y surf u oro, plata y campeonato mundial que es lo mismo. Costa, sierra, selva, vals, huayno y cumbia.
Perú. Mi Perú. Con todos sus contrastes. Con todas sus oportunidades. Con su pasado milenario. Con todo lo malo y lo feo. Pero también con todo lo bueno. Perú. Mi tierra, mi familia, mis amigos, mi música, mi fútbol, mi comida. Espero que sepas comprender y perdonar la distancia, pero sabes que te sigo queriendo o lo que es más peculiar, te quiero aún más. Te amo Perú, Generoso Bello Durmiente.
Sí, demasiada nostalgia lindante con la cursilería, que se le va a hacer... Cholo soy y no me compadezcan... feliz 28...aquí, allá o acullá... ¡Que Viva el Perú carajo!
* Esta es nueva versión de escrito hecho hace dos años, mejorada y "reloaded"