domingo, 21 de abril de 2013

The Cure en Lima: cuando los sueños se hacen realidad


Robert Smith, el mítico líder de The Cure, finalmente en Lima
Foto: Miguel Bellido - elcomercio.pe
Escuché a The Cure allá por el año 1986. Fue mi amigo Toño que un día apareció en casa con un cassette variado que incluía “In between days” dejándome en claro que ese era un “grupazo”. Recuerdo con claridad meridiana que fue un catorce de febrero de 1987, que caminando con mi adorada abuela por el Jirón de la Unión, entre a una tienda de discos y compré mi primer cassette de los liderados por Robert Smith, aquella compilación de clásicos llamada “Standing on the beach”. En el día del amor y la amistad, comenzó un romance sin fecha de vencimiento con The Cure.

Recuerdo aquellos años del colegio donde ahorraba a punta de dejar de comer en la cafetería para juntar y comprar los cassettes “caleta” de The Cure. Conocido el fanatismo, ya directamente me los ofrecían. No sé si pagaba sobreprecio o no, pero no me importaba: ante la falta de discos de The Cure en el país, tener una copia bien grabada de algún disco previo de ellos, como podía ser el “17 Seconds”, o de algún concierto como el “The Cure in concert 1984” bien valía la pena el esfuerzo.

Épocas de ropa negra y escuchar los cassettes hasta la saciedad, con el riesgo de desgastarlos, y de hartar la generosa paciencia de mi familia (recuerdo a mi padre llevándome al examen de ingreso de la Universidad diciéndome “si quieres pon el cassette de esos pelucones que te gustan”, sabio él, llegué relajadísimo al examen). Paciencia que no tuvo uno de mis hermanos de la universidad, que terminó botando por la ventana de su auto un cassette con tres versiones distintas de “Never Enough” cuando intenté escucharlo por enésima vez mientras me llevaba a casa. “Me parece que es hora que empieces a escuchar otra música y no solo The Cure” me dijo ante lo fanático que andaba por aquella época. Y sí, aprendí a escuchar otros grupos y cantantes y a valorar varios de ellos (especialmente los Beatles), pero sin dejar de lado mi gusto y pasión por The Cure.

Verlos en vivo era por aquellas épocas una utopía. Pasaron por Brasil y Argentina en el tour del “Kiss me, kiss me, kiss me”, pero era 1987, épocas de escolar sin posibilidad alguna de decir vamos a verlos. Recién en el 2007, ya viviendo en el Caribe, soltero y sin responsabilidades aún, compré un boleto para verlos en Washington D.C. el 19 de septiembre. Pero un mes antes pospusieron el tour y en ese momento asumí que ir a un concierto de la cura era como dice una de sus canciones, desear cosas imposibles.

Vaya hombre de poca fe. Cuando menos lo esperaba, un viaje que ya tenía previsto a Lima coincidió con el mejor anuncio que podía recibir: The Cure va a Lima. Sin pérdida de tiempo mi hermana adquirió las entradas y el miércoles 17 de abril de 2013, en el Estadio Nacional de Lima –sí, encima en mi propio país- mi sueño utópico, se hizo realidad.

Robert y compañía "dejaron todo en la cancha"
con más de tres horas y media de la mejor música
Foto: Miguel Bellido - elcomercio.pe
Sencillamente no puedo describir con palabras lo que sentí cuando a las 8.50 p.m. apareció en escena el inigualable Robert Smith. No puedo. Me sentí otra vez el adolescente aquel que alucinaba con los videos de In between days y de Close to me, y como en una película, de golpe me vinieron recuerdos de 27 años de devota fidelidad. Levanté los brazos al cielo, solté un par de palabrotas y un agradecimiento a Dios ciertamente más publicable que las palabras previas. Ahí estaba Robert junto a su socio de toda la vida, Simon Gallup en el bajo, Roger O’Donell yendo y viniendo en los teclados desde 1987, Jason Cooper que un buen día llegó a la bateria a reemplazar a Boris Williams y sin querer queriendo ya tiene 18 años con el grupo, y Reeves Gabrels, ese tremendo guitarrista con pinta de tío bueno, que acompaña al grupo en las giras desde el año pasado. Ahí estaba The Cure, y yo viéndolos en vivo y en directo a pocos metros del escenario aún sin creérmelo.

Arranca el concierto con Open y High, tal como arranca el disco Wish, para seguir con The end of the world, la canción que más sonó de su disco The Cure: el sónido está perfecto y permite disfrutar de la interpretación de los músicos y comprobar que la voz única de Smith se mantiene intacta. Llega Lovesong, la primera de las canciones “conocidas”, pero nuevamente da paso a una canción poco comercial, pero que resulta ser una de mis favoritas de siempre: Push, del "The head on the door". Mi emoción es tremenda, cuantos recuerdos juntos en una sola canción. Por si fuera poco, la canción que sigue es nada menos que In between days, aquel primer tema que escuche de ellos, aquel primer video que ví del grupo, aquella canción que ciertamente se sabe todo el mundo. Pongo a prueba mis pies con saltos y bailes, la garganta raspando y el corazón a mil… ¡In between days en vivo carajo! Estoy tratando de recuperar aire, pero para qué, ahí sigue Just Like Heaven, una de las clásicas radiales. Después de la tormenta viene la calma, y tras una deliciosa interpretación de From the edge of the deep green sea, el grupo nos regala un tripletazo de clásicos del "Disintegration": la hermosa Pictures of you (la ensalada de recuerdos en la cabeza amenaza con explotar de emoción ante otra de mis canciones favoritas), Lullaby –donde Robert fue Robert jugando con sus movimientos “arácnidos”, y la potente Fascination Street.

Tras honrar su ultimo disco con Sleep when I’m dead, vuelven al ataque con una lluvia de cuatro clásicos de sus discos de inicios de los ochenta: Play for today y la oscurísima A Forest del "17 seconds" – el coro de “oh oh ooohhh oh ohhhh oh ohhhhh” acompañando los teclados en la primera y las miles de manos elevadas acompañando con aplausos el final de la segunda, me sirvió para estar claro que así como había gente que desconocía las canciones, habían muchos que sí estaban al tanto de las mismas, disfrutando del concierto y siguiendo rituales propios de los conciertos del grupo-; Bananafishbones una rareza del "The Top" y el clásico The Walk del "Japanese Whispers".

Luego siguen tres canciones que van juntas y no por casualidad: son canciones con mensajes alegres, positivos, trasladados con melodias llenas de entusiasmo –sí, The Cure también tiene de esas canciones, que no todo es oscuro-, Mint car es aquella canción donde Robert no da crédito a estar contento, lo que lo hace gritar, de alegría, con la certeza que siempre sera así, juntos, por siempre y para siempre; Friday I’m in love aquel hit radial donde comenta sus sentimientos de todos los días de la semana, coreado y saltado por todo el estadio, tanto que me detuve a observar el mismo, el campo, las tribunas, hasta los palcos, las casi cuarenta mil personas, todos cantaban y saltaban, fue un momento realmente genial, un momento perfecto para dejarse ir y ser feliz, como reza la canción que siguió, Doing the unstuck.

Pero The Cure no es The Cure sin sus letras profundas impregnadas de melodías tan apasionadas, dulces, desgarradoras, o melancólicas según sea la ocasión. Así arranca un segmento con Trust, otra de mis favoritas  que cuenta la historia de un amor imposible a pesar de amar más de lo que las palabras pudieran decir. Escucharla en vivo es emocionante hasta el caracú. The hungry ghost y Wrong number dan lugar a una de las clásicas del grupo, acompañada por imágenes de guerra y destrucción: la brutal One hundred years. Las piernas ya no dan más y la garganta pide tiempo, así que la llegada de End para finalizar el larguísimo primer set viene como anillo al dedo para retomar energía.

Los siguientes dos encores pueden haber resultado tan desconocidos para los curiosos, como deliciosos e inolvidables para los fanáticos: el primero dedicado a tres canciones del "Kiss me kiss me kiss me": la enérgica The Kiss –si  Gabrels, Gallup y Smith disfrutaron su derroche de bajo y guitarra en la introducción de la canción, solo puedo decir que yo la disfrute más-, dando paso a los sonidos hipnóticos de If only tonight we could sleep, y terminando con Fight, canción que también cierra aquel disco doble de 1987. Dicen que el "Disintegration" es junto al "Pornography" y "Bloodflowers" la trilogía de discos de culto de todo aquel que se precie de ser fanático de The Cure por su letra y música densa, estremecedora, tierna y depresiva, profunda e incorruptible. Como para corroborarlo, hace diez años el grupo realizó una serie de conciertos inmortalizados en un dvd-bluray llamado "Trilogy", donde interpretan los 3 discos de forma seguida. Así que el segundo encore, fue mandado a hacer para los fanaticos: tres canciones del Disintegration. Que digo tres canciones, tres joyas de The Cure: entre los sonidos de campanas y brillos de estrellas en el escenario, irrumpe el sonido del avión para que en Plainsong Robert nos diga que algunas veces se siente como viviendo en el borde del mundo, momento especial del que nos despierta el guitarreo de la oscura Prayers for rain, como paso intermedio para hacernos llegar a la densa y triste Disintegration. La entrega del grupo es total y la de Smith muy especial. No sería la primera vez que al interpretar sus canciones en vivo, Robert revive con intensidad recuerdos del pasado, por eso yo juraría que al final de la canción, cuando el mítico vocalista nos decía que sabíamos como terminaría todo, el hombre se emocionó y estuvo al borde del llanto –mientras yo , ciertamente, estaba al borde del éxtasis total con tanta buena música, tanto recuerdo, tanto The Cure-.

El tercer y ultimo encore comienza con un pequeño jugueteo entre Cooper y Smith que por ahí pasó medio inadvertido. Jason haciendo un breve solo de batería y Robert comentando que eso lo hace feliz –ignoro si lo hacen en cada concierto o si acaso fue un guiño del baterista a su líder para aligerar la emoción  que comentaba de Smith al final del encore previo-. A partir de ahí casi cuarenta minutos de climax total in crescendo, apto para fanáticos, para los que conocen los hit radiales y para los que gustan simplemente de la buena música. Tras la coqueta Dressing up, suenan los teclados para bailar con The Lovecats y estremecerse con The Caterpillar –me viene a la mente que esa era la canción favorita de The Cure de mi papá-. Es la hora de que Robert cante, baile y juegue y haga cantar, bailar y jugar al public con la clásica Close to me. Y va de recuerdos. Me quedo afónico gritando el “hey, hey hey” de Hot, Hot, Hot, y vociferando que no me importa si no te importa, no lo siento si no lo sientes, no lo quiero si no lo quieres, en Let’s go to bed. Pero hay que sacar voz y piernas de donde no hay porque llega otro hit radial: Why can’t I be you? La gente en campo alrededor mío se vuelve loca y vuelvo a dar una mirada a las tribunas: todos bailando sin saber que ya no iban a parar. Es el momento del clásico de clásicos: Boys don’t cry. Estoy al límite en todo orden, emocional, físico, de voz, pero es imposible no saltar y cantar toda la canción. No hay tregua, casi al final viene la canción con la que comenzó todo: 10.15 Saturday night. Nuevamente el “oh ooohhh ohhhh oh oh oh oh ohhh” que acompaña la guitarra de Smith y los brazos en alto aplaudiendo al final de la canción de la mano del bajo de Gallup, delatan el gran número de fanáticos fieles del grupo al que poco le importa que son casi las 00.30 ya del jueves y que en pocas horas hay que levantarse a trabajar. Para el final otro clásico del grupo, Killing an arab y la locura es total. La canté, la disfruté, la salté, la bailé con furia, sabiendo que era la última canción y que no había excusa alguna para salir del concierto de mi grupo favorito sin haber dejado literalmente todo en el campo del imponente Estadio Nacional. Nuevamente vuelvo a darle gracias a Dios por haberme permitido vivir ese momento, por haber permitido que se cumpliera mi sueño de toda la vida. En medio de la ovación final Robert agradece con aquel “Gracias” masticado que usó par de veces a lo largo del concierto y suelta un “los veré de nuevo” en inglés, para luego dejarse aplaudir buen rato antes de dejar el escenario.

Reeves Gabrels en la guitarra y Simon Gallup en el bajo junto a Jason Cooper en batería y
Roger O'Donell en los teclados, con Robert Smith al frente: The Cure hizo realidad los sueños
Foto: Miguel Bellido - elcomercio.pe

Pocas veces se puede disfrutar de un concierto tan brutalmente honesto como el de The Cure: 41 canciones, 3 horas 35 minutos, canciones de todos sus discos, salvo Bloodflowers, 3 encores, entrega total del líder, en plenitud de voz y de forma, cantando y encantando a sus incondicionales sin necesidad de frases tribuneras, bastándole con sus guiños y danzas particulares, en mi caso, en realidad, bastándole con aparecer en el escenario; entrega total de la banda, con Cooper incansable con sus redobles en la batería, O’Donell imperturbable disfrutando de su teclado, Gabrels sacándole todos los sonidos habidos y por haber a su virtuosa guitarra, y el viejo y querido Simon Gallup, tocando su bajo sin dejar de bailar y brincar un solo momento a lo largo de las más de tres horas. Brutal y honesto, porque no se limitaron a tocar hora y cuarto como hacen muchas “estrellas” de hoy bajo la premisa de tocar las canciones conocidas y listo, sino que hicieron un recorrido total a su vasta y ya histórica carrera, para deleite indescriptible de sus fanáticos, los que como yo, atesoraremos la noche del 17 como uno de los recuerdos más gratos de nuestra vida.

Cuando salíamos del concierto, le comentaba a mi hermana mi admiración por que la había visto disfrutar el concierto de principio a fin. Me sorprendía porque después de todo el fanatico del grupo era yo. “No debería sorprenderte tanto” me dijo. “aprendí a gustar de The Cure de escucharlo tanto y tantas veces cuando tú los disfrutabas en tu cuarto. Para mí también fue el mejor concierto que he visto en mi vida”. Me emocioné. Por si no fuera suficiente lo vivido, aquel comentario de mi hermana y su abrazo diciéndome que estaba feliz de haber compartido ese momento conmigo, cerró con broche de oro una noche inolvidable; la noche en la que los sueños dejaron de ser solo sueños, y por lo menos en mi caso, se hicieron una inolvidable realidad.


* El que llegó hasta aquí se habra dado cuenta que este es el relato de lo que viví como seguidor de toda la vida de The Cure, mi grupo favorito. Obviamente habrá gente que disfrutó como yo (imposible más que yo), y gente que quizás disfruto menos. Cada quien con su opinión, por demás respetable, después de todo, en gustos y colores no han escrito los autores. Para mí fue un sueño hecho realidad y no podía dejar de reflejarlo en mi blog.

lunes, 11 de marzo de 2013

Mi primer 10K

Mi primer 10k: arrancó y terminó donde dice 4km
(sí, pasamos 3 veces por ahí)
Al final el tiempo oficial fue 1.13.39, un éxito total.
Eran las 3 de la tarde y seguía deshojando margaritas: voy, no voy, me animo, no me animo, la hago, no la hago. Me había inscrito par de semanas atrás, pero no había corrido más de seis kilómetros en la caminadora del gimnasio y más de cinco fuera de él. Así que tenía la duda razonable acerca de la posibilidad real de completar el doble de distancia de lo que realmente había practicado. Finalmente me decidí. Par de angelitos que me insistieron mucho, vencieron al diablito de la flojera y terminé yendo a mi primera competencia de larga distancia: el Gatorade 10K 2013. Una auténtica experiencia de vida.

Lo primero es llegar y ver de tres a cuatro mil personas pasándolo bien, muchos de ellos incluso calentando al ritmo de zumba y de cross fit. Calentar, pensaba yo, estoy suficientemente tenso como para doblar siquiera la pierna, y ésta gente saltando y bailando... Luego caminamos hacia el punto de partida y allí pude palpar de primera mano el entusiasmo con el que viven estas carreras las personas para las cuáles participar en las mismas ya no es novedad -como en mi caso- sino un estilo de vida: hay grupos, muchos grupos de corredores que practican diaria o semanalmente y hasta están organizados: tienen nombre, camisetas que los identifican, inclusive un líder con un cartel que indica el tiempo que tienen previsto hacer en la competencia. Por allí el cartel de una hora, por acá el de 1.15. Como yo nunca he corrido 10 kilómetros, no tengo la menor idea del tiempo que puedo hacer -para ser franco, ni siquiera tengo idea si terminaré la competencia- pero se me hacen tiempos dificilísimos. Obvio también veo muchos grupos de amigos, o familias que sin una organización particular están ahí para pasarlo bien, y muchos con pinta de corredor menos experimentado, o sencillamente debutantes como yo.

De tanto hidratarme previo a la carrera, al momento del inicio tenía unas ganas enormes de ir al baño, pero tenía que estar loco para moverme de ese mar de gente y del lado de mi amiga que me había motivado hasta el cansancio para que corra la carrera. Ya se me pasará pensé, sin saber que correría casi todos los diez kilómetros con esas mismas ganas...ya en los dos kilómetros finales ni me acordé, tan concentrado que estaba en llegar a la meta.
Antes de iniciar la carrera
Arranca la carrera y lo primero que me ocurre es perder de vista a mi amiga... y no saber más de ella hasta ver un mensaje en el whatsapp al final de la carrera. El "Tune In" andaba necio sin ganas de dejarme escuchar un poco de música en el celular, así que opté por concentrarme en la carrera, en mi ritmo, en tratar de disfrutar del hermoso paisaje del malecón de la capital dominicana, y en esas andaba cuando ví el cartél que señalaba el primer kilómetro recorrido, pero ni tiempo tuve de disfrutarlo, porque en ese mismo momento, ya del otro lado de la vía, venían de regreso de la primera curva y completando casi tres kilómetros, los punteros de la competencia, esos que resuelven 10 kilómetros en menos de media hora. Admito que me impactó, así que decidí concentrarme en mi paso y olvidarme del resto, siguiendo el consejo que me habían dado personas que saben del tema "arranca tranquilo, no te explotes en los primeros kilómetros". El Run Keeper, la aplicación que había bajado en mi celular, me iba dando el reporte cada cinco minutos, así que tras haber hecho el primer kilómetro en menos de 7 minutos, moderé el paso y de ahí en adelante anduve por encima de 7, pero nunca alcanzando los 8 minutos por kilómetro, y en el kilómetro final estampé mi "mejor tiempo" con un glorioso 6.36.

4222 inscritos, entusiasmo al por mayor
(Foto: Facebook de Kilometros por la Educación)
Llegaron los primeros puntos de refresco: el del Gatorade y el de las bolsitas de agua. Menos mal que el Gatorade era de naranja, el sabor que más me agrada -aunque a quien mentirle, iba a tomármelo sea del sabor que fuera-; con las bolsitas de agua intenté, pero ese sabor a plástico que tenían me llevo a utilizarlas como me habían recomendado: echándomela en cuello, cabeza y rostro para quitar la sensación de cansancio. Conste en actas: me funcionó. Después de cada punto de refresco el inevitable reguero de obstáculos en el camino, lleno de vasos, bolsitas y agua. Ningún drama, sólo tener cuidado unos cuantos metros.

En el camino uno ve cosas de todo tipo, de esas que conmueven y hacer reflexionar. Por un lado, la gente al costado del camino alentando, o los propios corredores que alientan a quien entienden lo necesita, mucha solidaridad. Por el otro los competidores en silla de ruedas, ejemplo de vida sin duda alguna, aunque yo me quedo con aquel señor que, bandera dominicana en mano, participó a los saltos, porque sólamente cuenta con un pie y una mano. Me emocionó. Yo lo pasé y lo dejé atrás, luego de darle ánimo junto al resto de los que pasaban conmigo, pero estoy seguro que debe haber hecho todo el esfuerzo para llegar a la meta, en su tiempo y en sus condiciones, dejando todo por hacerlo. Casos que le recuerdan a uno que más que no poder, lo que suele sucedernos es que no queremos o ni siquiera intentamos, que el límite nos lo ponemos nosotros mismos.

Un ejemplo admirable, la foto se explica sóla, las palabras sobran
(Foto: Facebook de GatoradeRD)
Cuando llegué a los 4.6 kilómetros, ya había gente llegando a la meta, pero no me desconcentré y seguí en lo mío. Y cuando pasé los 5 kilómetros, en lugar de pensar que estaba en terrenos desconocidos para mi resistencia, me puse a darme ánimos pensando que faltaba menos de la mitad de lo que ya había corrido. También sirvió. Evité en todo momento permitirme la tentación de darme un descanso y parar o caminar. Cuando llegaron los 7.3 kilómetros, vino la curva para la "recta final". Estaba cansado, pero la sensación de saber que estaba cerca y que podía lograrlo, me daba muchas fuerzas, amén del Run Keeper en función del cual me iba convenciendo a mí mismo, "al ritmo que vas, en veinte minutos habrás terminado". De todos modos cuando ví el Hotel Hilton tan lejos y la cabeza comenzaba a darle mente precisamente a esa lejanía, se me ocurrió ponerme a rezar un rosario, así ocupaba la mente en la oración y no en la distancia, el cansancio o lo que faltaba. Sí, sirvió. Cuando lo terminé, el Hotel Hilton estaba detrás mío y el kilómetro final cerca, muy cerca.

Pero cuando llegué a la señal del kilómetro 9 tuve un pequeño momento de desconcierto. De repente me sentí corriendo apresurado, saliéndome de mi paso. La emoción seguramente. Nuevamente reagrupé fuerzas, ordené ideas y volví a mi ritmo hasta que comencé a ver la meta a lo lejos y a escuchar la canción de Rocky en los parlantes del estrado principal. Admito que me emocioné, se me puso la piel de erizo, se me hizo un nudo en la garganta y ahí sí apuré el paso. Y cuando crucé la meta grité par de malas palabras más propias de celebración de gol en el estadio que de pichón de maratonista. Pero me salieron del alma, y con lo alta que estaba la música con suerte sólo me escucharon en par de cuadras a la redonda. Lo había logrado. Era un reto personal y lo había cumplido. Por primera vez en mi vida corrí diez kilómetros. Y encima no lo hice mal: 1.12.50 me indicó el Run Keeper, 1.13.39 fue el tiempo oficial que consta en la página de Gatorade. ¡En menos de aquel 1.15 que me había parecido de marcianos antes de la carrera!

Y me di el gustazo... esa medalla vale oro
Me quedé con todas las enseñanzas del día: mi descubrimiento de la cultura maratonista y el respeto que tengo por toda esa gente que se dedica con pasión a cultivar el deporte y la actividad física; los ejemplos de vida de los discapacitados, toda una cachetada a las excusas que ponemos en el día a día; el poder de la mente, es verdad que si no tienes físico la mente no hace milagros, pero si estás en capacidad de hacerlo, si tienes la mente fuerte, es un plus fundamental; que un rosario sirve, hasta en un 10k; en resumen, que si uno quiere, puede, y lo demás son tonterías.

Después el desorden para recoger la medalla -pequeño detalle que puede mejorarse para el año que viene-; simbólica medalla que conservaré con mucho cariño. Si algún día corro otras 10k, ésta siempre será la primera y por ende, siempre la tendré grabada como un momento donde vencí los límites auto impuestos...y claro, me dí un gustazo del carajo.


* Gracias Rossi, Lissette, Aida, Juan Carlos... por la insistencia y los consejos, valieron la pena. Y gracias a Dios y a la Madre, siempre.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

María, Lennon y Los Potrillos


¿Qué tienen en común María, Lennon y los Potrillos? Una fecha, el 8 de diciembre. Día vinculado desde que tengo uso de razón a la celebración de la fiesta de la Inmaculada Concepción. Día marcado también en la historia de la música por la pérdida hace ya 30 años del legendario miembro de The Beatles. Y día de inevitable recuerdo, aún doloroso, de la Tragedia del Fokker que en el mar de Ventanilla hundió para siempre las vidas de los miembros de aquel equipo blanquiazul.


De María, mi Madre, ¿qué puedo decir? Que en mi vida siempre he sentido su amoroso manto de amor e intercesión por mí ante su Hijo. No habrá sido casualidad haber estudiado en un colegio “Marista”, ni el hecho que ya mayor en mi permanente –y no pocas veces fallida- búsqueda de coherencia entre lo que hago y lo que digo y profeso, su figura y su ejemplo de fe, confianza y abandono en Dios, sean un aliciente para continuar en el intento. Cada 8 de diciembre, mi primer pensamiento al despertar está dirigido a saludarla en su fiesta de la Inmaculada Concepción. De María podría escribir interminables párrafos. Hoy me basta con dejar en claro que la venero con devoción y que doy Gracias a Dios por Ella, mi Madre María.


En 1980 era poco y nada lo que yo sabía de The Beatles, así que no voy a venir a decir que recordaba lo que hacía cuando me enteré de la noticia de la muerte de John Lennon. Recuerdo sí, que leí la noticia o la vi en la tele y que en aquel momento lo que me pareció más incomprensible fue que el asesino, Mark David Chapman, le había pedido un autógrafo par de horas antes, como inmortalizó una foto de Paul Goresh. Aprendí a disfrutar de la música de The Beatles muchos años después, y mientras más pasan los años, más disfruto y valoro la dimensión que dicho grupo tuvo en la música de nuestro tiempo. No cabe duda alguna que hay un antes y un después de Lennon, Mc Cartney, Harrison y Starr. A treinta años de su temprana y absurda desaparición, la figura de Lennon se hace más mítica y legendaria y como sucede con figuras de esa relevancia y de trágico final, se resalta –y hasta exagera- lo bueno, y se deja de lado lo malo o lo polémico. Como personaje, Lennon no deja de ser tan ángel como demonio, como refiere Diego A. Manrique, pero al que a mí me interesa recordar siempre es a John, el artista, el genial miembro de The Beatles. Lo bueno con la música es que ahí están los LPs, cassettes, discos compactos y ahora hasta iTunes, para dejar constancia imperecedera de tantas buenas canciones.

Lo que sí recuerdo, y nunca podré olvidar, es como viví aquel 8 pero sobre todo, el 9 de diciembre de 1987. Del 8 –feriado en Perú- recuerdo que escuché en casa de mi adorada abuelita el resultado del partido en Ovación “un Perú en sintonía” y con la alegría de saber que Alianza ganó en Pucallpa y que el equipo de Marcos Calderón se afianzaba en el campeonato, fui con la familia a escuchar Misa de la Inmaculada Concepción a las 8 de la noche en la parroquia Santa Rita de Casia. Recuerdo el detalle porque durante los meses siguientes me atormentó la idea que en el mismo momento que escuchaba misa, los jugadores de mi querido Alianza morían en un trágico accedente.

El 9 vuelve a mí con una claridad de High Definition. Mi hermana susurrándome que “están buscando el avión de Alianza que no aparece”, el brusco despertar para ver Buenos Días Perú y poder escuchar en algún momento la noticia esperada: que el avión había sido encontrado y todos estaban bien. La realidad que le pega un cachetazo a la esperanza cuando las primeras noticias confirman la caída del avión y la aparición de dos cuerpos, uno de ellos del utilero Andrés Eche. La bronca de saber que el avión llegó a pasar por el aeropuerto, pero debió dar una vuelta adicional y allí se produjo la tragedia. El estado de negación de la realidad en el que me sumí: estaba pasando, pero tenía que ser una película, eso no podía ser verdad. Prender la radio para escuchar “La mañana de El Veco” y que el entrañable periodista uruguayo me dijera que lo anterior era una broma de mal gusto; pero no. Sólo encuentro a don Emilio quebrándose y rompiendo en llanto al comentar la noticia. Para un adolescente apasionado de forma radical con el fútbol y aliancista hasta el tuétano se derrumba el mundo y cae la noche aunque apenas estemos por llegar al mediodía. Recluido en mi cuarto, continúe escuchando la radio (que en esas épocas sin cable y sin internet, realmente estaba “más cerca de la gente”). Quería que RPP, Radio Cora, Panamericana, alguien me dijera que todo era una pesadilla y que mi hermana no me había despertado, sino que seguía viviendo un mal sueño del que en algún momento tendría que despertar. Si hasta terminé escuchando al polémico Tito Navarro. Para qué, escucharlo conmovido y sin palabras, justo a él, sólo sirvió para apesadumbrarme más. No recuerdo haber comido. Recuerdo haber vivido con un nudo en la garganta que se rompió para dar paso a las lágrimas interminables cuando escuché a Didí llorar en Ovación entrevistado por Pocho Rospigliosi, mientras recordaba a sus muchachos, a sus potrillos (aún hoy me estremezco al escribir ese recuerdo).

Debo haber quedado en estado de shock por muchos días. Ya de vacaciones en el colegio sólo pasaba los días pegado a la radio y al televisor esperando que aparezcan los benditos cuerpos que el mar se negaba a devolver. Recuerdo el estadio, aquellos arreglos florales en la cancha en la posición de cada jugador, aquel partido contra Independiente de Avellaneda a estadio lleno, mezclando el aliento con las lágrimas. Esas lágrimas que hicieron que mi padre me advirtiera que dejaría de ver televisión si seguía hecho una magdalena ante la noticia de un nuevo jugador aparecido, porque me estaban haciendo daño. Ese mismo padre –otro aliancista empedernido- que apenas una noche después de esa advertencia, lloraba como un niño junto a mí frente a la tele al ver en “90 segundos” la aparición y sepelio del querido José “Caíco” González Ganoza, que con sus 33 años, era el más “viejo” de los jugadores que se fueron para no volver.

A la distancia, con más años y menos apasionamientos, con mayor frialdad, uno hasta se sorprende de cómo pudo haberle afectado tanto esa tragedia. Pero seguramente, si tuviera la misma edad, en las mismas circunstancias, me hubiera afectado como sucedió. Después de todo se dice que el fútbol es un sentimiento y los sentimientos te hacen reír, y te hacen llorar. Otros dicen que es un arte, y el arte conmueve. Así que esas lágrimas bien vertidas estuvieron y esa pena tuvo razón de ser, así como este recuerdo nunca estará demás.

Me parece increíble que, como si fuera un soplo de vida, ya hayan transcurrido 23 años desde aquella fatídica jornada. Y sin embargo, no hay 8 de diciembre en el que no haga una oración por el descanso eterno de todos los fallecidos en aquel accidente, pero en especial por el Chueco Marcos, Caíco, Sussoni, Pechito, Reyes, Watson, Tejada, Mendoza, Peña, Chamochumbi, Cavero, Garretón, Tomassini, León, y los inolvidables potrillos José Casanova, Carlitos “Pacho” Bustamante, y el 19, Luis Antonio “El Potrillo” Escobar. Todos ellos, siempre presentes en mi corazón aliancista.

8 de diciembre. Menuda fecha, vaya que sí.


* Imagen de la Inmaculada Concepción disponible aquí.

* Imagen de John Lennon disponible aquí.

* Imagen de Alianza Lima del 8 de diciembre de 1987 disponible aquí.


lunes, 6 de diciembre de 2010

Lunes color amarillo



"... corriendo en pleno cielo, cristales de amor amarillo..." (Cerati)

En estos casi diez años viviendo en la Dominican Republic, tres son las veces que recuerdo haber visto movilizaciones significativas del grueso de su población:

La primera, con motivo de la participación de una muchacha dominicana, Martha Heredia, en un programa llamado Latin American Idol a mediados del año 2009. Las llamadas de los dominicanos fueron enfilando a Martha hacia las finales de dicho programa concurso, y cuando llegó la gran final, la movilización para llamar y votar por ella fue masiva a nivel nacional. Ciertamente que votaba "toda" Latinoamerica, pero no me cabe duda que el grueso de la votación que le dio a la Heredia el triunfo provino de tierra quisqueyana (a propósito... alguien sabe que es de la vida de Martha Heredia? en su descargo vale recordar que ninguno de los ganadores de ese programa ha desarrollado carrera exitosa alguna, que haya trascendido a nivel verdaderamente latinoamericano).

La segunda ocurrió después del terrible terremoto que afectó la isla el 12 de enero de este año y que asoló Haití. Ignoro si el resto del mundo se habrá enterado, pero las manifestaciones de solidaridad y desprendimiento de los dominicanos para con sus vecinos, fue conmovedora por decir lo menos. Las donaciones y las campañas de recolección de víveres para enviar a las cientos de miles de personas afectadas, dejaron de lado diferencias y prejuicios impropios de la trágica circunstancia. Fue de tal magnitud el movimiento ciudadano, que en aquel momento me pregunté si acaso ese tipo de movilizaciones no podrían realizarse para pronunciarse sobre problemas propios del país.

Hoy se dio aquello que me preguntaba. En un país en donde los políticos (sean del partido que sean) parecen traspapelar las prioridades y dejan aquellas básicas como la salud y la educación relegadas a un tercer o cuarto plano, no se está cumpliendo con la ley que establece que a "educación" le corresponde el 4% del PIB. No sólo no se cumple, sino que se reitera que no se va a cumplir bien porque se argumenta que no se puede, bien porque se indica sin empacho que son otras las prioridades del país.

El reclamo por el 4% fue creciendo y, ante la indiferencia, el ruido cada vez fue mayor, hasta llegar al día de hoy, en donde se convocó a un "lunes amarillo", en el cual se invitó a la población a manifestar su rechazo al incumplimiento de la ley y su exigencia del 4% vistiendo de amarillo. Una forma diferente, pacífica, quizás hasta "naif" de protestar, pero que a juzgar por la cantidad de camisetas, polos, blusas, cinturones, corbatas y hasta cintillos y banderas amarillas vistas en la calle y en los autos hoy en la ciudad, resulto exitosa sin duda en lo que a convocatoria se refiere (que tenga éxito en cuanto a ser escuchada y se logre el objetivo ya es harina de otro costal).

Lo de hoy me pareció genial y como ciudadano espero que sea el inicio de una tendencia en virtud de la cual los dominicanos se dejen sentir ante situaciones en las que no solo se requiere hablar o criticar, sino también actuar.

Ojalá que también sea el inicio de una jornada de reflexión y de cambio. Quisqueya es hermosa y su gente es más buena que el pan (salvo cuando manejan, pero eso da para otra nota). Por eso uno, como espectador de su devenir, y ahora como esposo de dominicana y padre de un dominicano-peruano, desea fervientemente que R.D. cada día avance y no retroceda. Pero así como a veces el repetido "así somos los dominicanos" aplica a plenitud para resaltar las tantas virtudes de este pueblo, en otras circunstancias ese mismo latiguillo cansa y resulta inaceptable para justificar los vicios y defectos que obstaculizan el desarrollo de este país.

Desde la objetividad que me permite el ser foráneo y en consecuencia no tener afiliación ni simpatía política alguna, espero que a futuro haya lunes amarillos o del color que se quiera para exigir a quienes deseen gobernar este país que expongan planes de gobierno concretos y debatan, no una sino las veces que sean necesario los mismos, exponiéndose al escrutinio de la gente a la que van a representar, para que el elector pueda tomar una decisión sustentada en propuestas concretas, y no en la repartición de funditas, lanzamiento de billetes, o inaguantables caravanas de "musicones" que irrespetan el derecho de los ciudadanos a vivir en un entorno de paz sin afectación de su medio ambiente (sí, esas campañas sonoras también contaminan).

Que lo de hoy sea un inicio o un retomar la búsqueda del bien común. Cuando los esfuerzos se orienten al bien de todos (como lo es la educación) y no solamente de nuestros intereses particulares, no me cabe duda, que Quisqueya no solamente será bella, sino que empezará a desarrollar el enorme potencial que su tierra y su pueblo tienen dentro de sí.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Paternidad



Hace dos semanas que soy padre. Ergo, si no soy la persona más feliz del mundo, por lo menos choca en el palo. Lo curioso es que ante uno de los eventos más hermosos y trascendentales de mi vida, me he quedado sin palabras. O quizás más que ello, lo que sucede es que no encuentro la palabra exacta que pueda transmitir lo exultante e indescriptible del sentimiento que vivo.

Eso sí, la experiencia me permite reafirmar y descubrir una serie de situaciones. Primero, mi fe en Dios más fortalecida que nunca por tantas bendiciones y por la impresionante experiencia de la concepción, el embarazo y el parto natural. Dios Padre Creador. Luego mi admiración a la mujer, en especial a mi esposa ciertamente, aumentada de forma exponencial. La bendición de ser madre tiene su prueba de fuego con un inicio en donde la mujer saca fuerzas y aguanta con valor, con pundonor y sobre todo con mucho amor. Dios bendiga a la mujer. De hecho mujer también fue la doctora que atendió el parto, una estrella, una fuoriclasse . Y por otro lado, comienza el inevitable camino de descubrir y valorar en un modo distinto, más íntimo, menos superficial, más profundo, a mis padres. Apenas en quince días uno empieza a ver, sentir, escuchar, palpar de una forma nueva, con un inevitable tufillo paternal. Y ahora es que recién se empieza a desandar el camino.

Y en medio de tantas sensaciones, sentimientos y pensamientos, esta mi hijo. Una creación y una bendición de Dios, tan vulnerable como hermoso, tan frágil como despierto, único hasta lo inigualable. Benditas sean los trasnoches a punta de cambios de pañales y acompañar a mi esposa mientras lo alimenta. Que duren para siempre aquellos momentos donde esa cabecita de pelitos lacios y oscuros, decide descansar confiada en mi hombro.

Quien sabe, quizás las horas muertas en las que quedo absorto simplemente mirándolo dormir puedan ser mejor testimonio que diez mil palabras, de todo lo que él significa para mí.

Te amo hijo mío, bendición de Dios.

Imagen disponible aquí

Nada personal

Seguimos haciendo fuerza por ti Gustavo. Y digo seguimos porque somos mucho más que dos. Ya van casi cuatro meses desde tu viaje particular, tan único, tan especial y nosotros, egoístas al fin, desesperamos porque vuelvas y nos cuentes lo que viviste por allá. Como si no nos hubieras regalado suficiente con tu música, queremos que vuelvas, en el séptimo día o en un millón de años luz, pero que vuelvas por acá. Egoístas, eso es lo que somos. Quien sabe si lo único que quieres es que como tantas veces nos dijiste En Remolinos, te dejemos vivir este sueño, el mejor que has tenido. Fuerza Cerati.

Imagen disponibles en Facebook oficial de Gustavo

lunes, 7 de junio de 2010

"Estoy enamorado de estar aquí...

... estoy enamorado de este lugar”... así reza esa hermosa canción de los Hijos del Sol que en la incomparable voz de Eva Ayllón nos recuerda las cosas buenas de nuestro querido Perú.

Hoy también amanecí decidido a estar enamorado de estar aquí, en el mundo, planeta tierra, vivo y respirando, después que El de Arriba me mandara par de mensajes “duros y curveros” a través de la Homilía de ayer. Y es que en plena época en donde buscar un sacerdote incoherente esta de moda y hasta llega al extremo de quedar bien en una charla entre amigos bajo la premisa que todos los curas son iguales, el buen padre Gerry, infaltable en la misa de 7 de la tarde en mi Parroquia, es una muestra de lo errónea de esa premisa, y ayer fue tocado por el Espíritu Santo para hacernos llegar un mensaje de aquellos imperdibles.

El mensaje de las lecturas de ayer domingo puede resumirse en una frase “Viejo... ¡estás vivo!, alégrate y dale gracias a Dios”, y me cayó como una bofetada en el rostro por varios motivos.

Por un lado tenía la tristeza de estar recordando en la misa a Kamel, un buen hermano de la Parroquia que de repente nos dejó para ir a la casa del Padre. Andaba meditabundo, pensando cuantas veces Kamel anduvo en esa misma misa, sirviendo ahí a la derecha del altar y este era el primer domingo donde sin duda alguna compartía la celebración dominical con nosotros pero desde allá viva, junto a su Dios y a María.

Por el otro, las últimas semanas obvié aquél mensaje de Jesús que nos dice que “donde está tu tesoro, ahí está tu corazón” y bajo la excusa de la mudanza, mi cabeza, mi corazón, mi tesoro y todo mi ser anduvo totalmente desenfocado en cosas materiales, en broncas y disgustos porque faltaba tal cosa, en una irascibilidad insoportable con las diversas personas que debían resolver diversos detalles, y en un estado de queja, crítica y desaliento, en virtud del cuál, para ser honesto, ni yo mismo me aguantaba.

En eso andaba, cuando llegó la Lectura de la Palabra y su correspondiente Homilía. Escuchar esa Palabra escrita hace tanto tiempo, que se hacía tan vigente para mí, diciéndome que la cólera dura un instante, pero la bondad del Señor es de por vida y que siendo un Señor que muta nuestro llanto vespertino en un júbilo propio del alba por el cuál bien vale darle las gracias, me llegó profundamente. Y luego en la Homilía, el mensaje recurrente: te obsesionas tanto a veces en andar quejándote, en ver todo lo malo, en criticar, en ver el lado malo de las cosas, que te olvidas de algo primordial y sencillo: la enorme bendición de estar vivo en este mundo que está a nuestra disposición para intentar ser felices mientras vida tengamos. Cuan ciegos y obnubilados podemos quedar cuando desviamos nuestro corazón y nuestra mirada de las cosas realmente importantes para hacerte un embole existencial por cosas que a la hora de la verdad resultan de lo más intrascendentes.

Menudas formas de hablarte tiene el Señor. Entiendo que las cosas no van a cambiar mucho y lo que anda mal va a seguir mal. Pero yo como que puedo variar un poquitillo la actitud. Bien vale la pena intentarlo como un gesto de agradecimiento por la vida misma. Así que nada, no tengo ni idea cuanto me va a durar y seguro no tardaré en quejarme o molestarme cuando las cosas no se hacen como se deben, pero mientras tanto, hoy me tomaré un break y no me quejaré, simplemente daré gracias a Dios por estar acá, escribiendo par de líneas que nadie va a leer, pero dándome el gustazo de hacerlo.

jueves, 25 de marzo de 2010

Vacío y ternura


Una colega a la cual aprecio mucho anduvo de viaje por Europa hace poco. Abogada de profesión y fotógrafa de alma no desperdicio la oportunidad para desandar el camino cámara en mano y tomar hermosas fotos de todo lo que encontró a su paso.

En medio de tantas fotos, ésta me llamó poderosamente la atención. La tomó en el Distrito Rojo en Amsterdan y la muchacha obviamente ejerce el que se suele decir es el más antiguo de los oficios. Y aunque dicen -y de hecho así luce en la foto- que por esos lares lo ejercen en condiciones menos deplorables que las personas que deambulan por nuestras calles en noches oscuras en oferta al mejor postor, igual la foto es conmovedora.

La muchacha hace un intento por sonreir, pero en su mirada tiene una mezcla de dureza, vacío y tristeza. La pseudo sonrisa en sus labios se contradice con la frialdad de sus ojos, que al mismo tiempo nos cuestionan, nos dejan llenos de curiosidad.

Pero hay un detalle también muy particular. En medio de la frialdad y la dureza, de la falsa sonrisa y de los ojos tristes detrás de la ventana donde se exhibe como cualquier otra mercadería, está su mano con la cual recoje con delicadeza su cabello. Como si fuera un grito silencioso en el cual deja en claro que dentro de ella hay un mundo de ternura y dignidad.

Lo que más me impresionó fue que hace varios años, yo escribí sin razón aparente, en uno de esos ratos donde escribir mitigaba la depresión o la soledad, un dizque poema disfrazado de canción al que titulé "Curiosidad". Y si lo pusiera de subtitulo para describir la foto, no sorprendería a nadie. Curiosidad, sí, pero de esas que tiene la vida.

Tremenda foto Rossi... sigue escribiendo hermosas páginas con esa cámara en tu mano.

lunes, 27 de julio de 2009

Feliz 28 (Reloaded)*


"...Déjame que te cuente limeño, Ay deja que te diga moreno mi pensamiento...a ver si así despiertas del sueño, del sueño que entretiene moreno tu sentimiento...” (Chabuca Granda dixit –me pongo de pie y me saco el sombrero-)

Dicen que la distancia es el olvido, pero igual que Roberto Cantoral, yo tampoco concibo esa razón. Tras ocho años y medio lejos de mi país, cada día que pasa genera un inexorable crecimiento de la ligazón con mi querido Perú. También dicen que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde y algo de cierto debe tener la bendita frase, tan manoseada y utilizada por todos alguna vez en su vida. En mi caso también debe ser verdad. Viviendo en la Lima de antaño, también Lima la horrible, hoy Lima la añorada, pocas veces uno supo apreciar lo bueno y hermoso de mi ciudad. Siempre es más fácil verle la quinta pata al gato y ver solamente lo malo y lo feo, nunca lo bueno. ¡Menuda lección la que brindan los años, pero sobre todo la distancia!

¿Qué por qué se quiere tanto al Perú a la distancia? Es difícil saberlo o en todo caso poder explicarlo, ya que quizás predomina más el sentimiento que una o mil razones. En todo caso es un hecho concreto que por lo menos en mi caso –dado que las generalizaciones siempre son malas y sobre todo inexactas- ya concluí de forma irremediable que la nostalgia peruana me acompañará siempre y que el cariño por la tierra mía se mantendrá y más que eso, crecerá.

No es solamente Lima, es el Perú. Ese mendigo sentado en el banco de oro de Raimondi. Ese generoso bello durmiente de la Chabuca Limeña. Ese país que cobija en sus entrañas a Machu Pichu, maravilla del mundo aún antes que una votación por internet así lo confirmara. Es todo el Perú. Mi Perú.

¿La distancia y los años generan una sensación que lleva a idealizar el terruño lejano al extremo de recordarlo más hermoso y entrañable de lo que es? No lo sé. Puede ser, Tal vez sí. Tal vez no. Para el caso da lo mismo. Cada vez que vuelvo -ahora casi como un forastero en mi propio país-, lo veo mejorando, avanzando, creciendo, seduciéndome cruelmente a una vuelta definitiva. Quien sabe si engañándome cual mujer interesada, mostrándome sólo lo bueno y atractivo, ocultándome todo lo malo, todo lo feo. Después de todo, cuando las visitas son así, esporádicas y breves, todo siempre es bonito, todos siempre te tratan bien, todo parece un cuento de hadas en donde el único problema es que al final de la visita hay que comprar un pantalón nuevo porque los que uno llevó no cierran debido a que uno come desesperadamente y sin medida alguna todas aquellas delicias que solamente pueden comerse en el Perú (sin falsa modestia alguna, el país donde mejor se come en el mundo).

¿Qué hablar y querer desde fuera es fácil porque no se vive el día a día y las idas y venidas que sólo se sufren viviéndolas in situ? No lo sé. No creo. Alguna vez lo pensé cuando vivía en el país y leía gente viviendo fuera opinando de cosas de dentro. Pero ahora que vivo fuera es paradójico que a uno le cueste tanto desligarse de esa necesidad de estar al tanto de lo que pasa dentro. Es irónico reconocer que hoy en día reviso diariamente las noticias del Perú como parte de mi rutina diaria, quizás más que lo que las revisaba por allá. Y uno extraña. Y uno lee. Y uno se informa. Y uno se alegra. Y uno sufre –Dios sabe como sufrí a la distancia ese terremoto del 2007-. Y claro, inevitablemente, uno opina. Si eso es un pecado que le voy a hacer. Pecado de amor y nostalgia será. Ya lo cantaba Rómulo Varillas. Aquel que no ha pecado no es humano, aquel que no ha querido no ha vivido. Así que si se peca por querer a la tierra que a uno lo vio nacer, pues me declaro convicto y confeso.

Resulta digno de análisis como puede tocar a uno las fibras más intimas y hacerlo emocionar hasta el caracú, el escuchar las notas de un valsecito peruano. Uno cierra los ojos se imagina una cevichería, la Inca Kola o la cervecita, la canchita serrana para ir matando el hambre, la conversación de turno, mientras va sonando el punteo inigualable del maestro Oscar Avilés y el Zambo Cavero sentado en ese cajón que sólo Dios sabe como lo aguanta, arranca cantando “Cuando tengas que partir quiero que sepas, que estaré pensando en ti todos mis días, vivirás en mi alegría y mi tristeza, reinarás en el altar del alma mía, ... cada domingo a las doce saldré a la ventana para esperarte como antes después de la misa” (Pausa para esperar que el nudo en la garganta desaparezca o para que se piante de una vez el lagrimón).

Ahora que a la distancia, en una tierra que ha sabido acogerme con cariño y con la que corresponde ser agradecido, me casé con la mujer con la que Dios tuvo a bien bendecirme, y a la que amo con un amor que crece día a día, debo aceptar que, aunque nada es imposible, la vuelta definitiva luce muy lejana perdiéndose al final del horizonte. Si así ha de ser, estoy claro que ese cordón umbilical que me une a mi querido Perú no va a romperse nunca y que como reza la canción “sobre mi pecho llevo tus colores y están mis amores y cuando yo muera me uniré en la tierra... Contigo Perú”.

Chicha y mazamorra morada. Santa Rosa, San Martín y Cristo Moreno en morada procesión, con olor a sahumerio y turrón de Doña Pepa de por medio. Clásico mi Alianza frente al acérrimo pero necesario rival en mi íntimo Matute o en el gigantesco Monumental en ese fútbol nuestro que seguimos a pesar que las glorias y triunfos sólo se recuerden en blanco y negro. Pinglo y Chabuca. Cavero y Avilés. Fiesta Criolla y Embajadores también Criollos. Lucha Reyes y la incomparable Eva Ayllón –me pongo de pie y me saco el sombrero otra vez-. Gianmarco y el Maestro Juan Diego Florez. Tilsa Tsuchiya y Fernando de Szyszlo. Vargas Llosa y Bryce-Echenique. Tiro, voley y surf u oro, plata y campeonato mundial que es lo mismo. Costa, sierra, selva, vals, huayno y cumbia.

Perú. Mi Perú. Con todos sus contrastes. Con todas sus oportunidades. Con su pasado milenario. Con todo lo malo y lo feo. Pero también con todo lo bueno. Perú. Mi tierra, mi familia, mis amigos, mi música, mi fútbol, mi comida. Espero que sepas comprender y perdonar la distancia, pero sabes que te sigo queriendo o lo que es más peculiar, te quiero aún más. Te amo Perú, Generoso Bello Durmiente.

Sí, demasiada nostalgia lindante con la cursilería, que se le va a hacer... Cholo soy y no me compadezcan... feliz 28...aquí, allá o acullá... ¡Que Viva el Perú carajo!


* Esta es nueva versión de escrito hecho hace dos años, mejorada y "reloaded"


miércoles, 15 de julio de 2009

Tarata

Estaba contento. Había conocido a esta muchacha en uno de aquellos célebres almuerzos de la Chacra, y me pareció recontra atractiva. Por lo carilinda, el contraste de sus ojos con su cabello colorado, por su look dark y sobre todo porque gustaba mucho de la música de The Cure. ¡Era la chica ideal! Lamentablemente sólo estaba de visita en el país y se iba en par de semanas. Como quiera en un inusual rapto de atrevimiento la invité para ir a Nirvana antes que se vaya y así poder compartir un momento disfrutando de la música que nos gustaba y del ambiente tan particular de aquella discoteca ubicada en Miraflores. Era claro que el asunto no tenía futuro alguno –por la distancia por sólo poner una razón-, pero el compartir nuevamente con aquella muchacha definitivamente valía la pena. Ella aceptó, así que quedamos en ir el 20 de Julio.

Aquella noche del 16 de julio de 1992 estudiaba con El Gordo para finales de ciclo en la universidad. Estábamos en mi casa con mi hermana menor y mi madre. Mi otra hermana estaba fuera, no recuerdo donde. En determinado momento se fue la luz, lo que no era raro por aquellas épocas en los que las torres de energía eléctrica eran los blancos favoritos de los terroristas (en aquel año fue que salió aquella canción de Los Nosequien y Los Nosecuantos llamada precisamente “Las Torres”). Bueno fuera que hubieran seguido teniendo las torres como blanco preferido, pero hacía tiempo que en las provincias también victimaban a gente inocente, y para los limeños, el remezón se fue intensificando de a poco, con el atentado al local del Canal 2 en junio del 92 como la muestra más palpable que el terrorismo seguía indetenible en su avance y en su locura asesina.

Como a las nueve y pico de la noche entonces sucedió. El bombazo al Canal 2 lo habíamos sentido fortísimo a pesar de estar lejos de esa zona, pero la de esa noche fue la explosión más fuerte que sentimos. Fue como si el ‘bombazo’ hubiera sido a la vuelta de mi casa. Ensordecedor, estremecedor, aterrador. Recuerdo el terror en los ojos de los presentes en casa, deduzco que ellos reflejaban el terror de los míos. Aún ahora casi veinte años después, me estremezco al recordarlo y escribirlo. Sin televisión y a la luz de las velas buscamos el ‘radito’ a pilas que en esos años se había convertido en compañero inseparable. Tres cosas tenían que haber siempre disponibles en la casa: baldes de agua, velas (y fósforos) y el ‘radito’, con el que se cumplía aquella canción que decía que “la radio está más cerca de la gente”. Cómo no podía ser de otra manera pusimos RPP, Radio Programas del Perú, que ya con Miguel Aguirre en el estudio y con sus reporteros en la calle con Jesús Miguel Calderón a la cabeza, trataban de transmitir serenidad a la población en tanto se ubicaba donde había sido el atentado.

Mi madre andaba desesperada en su preocupación por mi hermana, la que estaba fuera de casa. Afuera se podía escuchar algún vecino murmurando haciendo un réquiem por su ventana rota. Las noticias fueron llegando y así supimos –vía RPP- que el atentado había sido en Miraflores, a cinco minutos de casa, en la Calle Tarata, apenas a metros de la Avenida Larco a la que Frágil le dedica aquel clásico “Viernes Sangriento”. Nos quedamos mudos. Miraflores a esa hora de la noche tiene una gran afluencia de gente al ser un distrito muy comercial, pero adicionalmente, la pequeña Calle Tarata tenía edificios residenciales. Escarapelaba el cuerpo pensar cuantos muertos podían haber tras el atentado.

Mi hermana llegó al rato y mi madre no sabía si recriminarle su ausencia o darle gracias a Dios de verla llegar sana y salva. La pobre venía muy asustada. El bus en el que venía a casa pasó por la zona del desastre unos cuantos minutos después y a la distancia pudo apreciar que el panorama era desolador. La luz llegó y la televisión comenzó a mostrar las imágenes del horror. Donde minutos antes había edificios y departamentos, ahora sólo quedaban inmensos agujeros que parecían gritar desgarrados su dolor. En medio de los escombros, gente mal herida llamando a sus seres queridos desaparecidos sin poder encontrarlos. El humo que se desprendía del fuego de los incendios se mezclaba con el olor a muerte en el ambiente. En casa uno pasaba del terror a la indignación, a rumiar con dientes apretados y ojos enrojecidos la bronca que daba esa situación de nunca acabar y sentir que aquella violencia que los limeños vimos –quizás con culpable indiferencia- a la distancia durante muchos años, ahora estaba ahí, más que tocando la puerta, ya ingresando en el hogar de uno.

Después llegaron los números: 25 muertos (entre ellos dos estudiantes de la universidad, una de ellas de la Facultad de Derecho; a la entrada de la facultad aún hoy debe haber un árbol que en ese momento fue una pequeña ramita sembrada en recuerdo de ella), más de 200 heridos, incontables daños materiales, todo ello cortesía de dos coches bomba que en total contenían casi una tonelada de dinamita y anfo. El miedo, el dolor, el luto, la paranoia, el terror, eso era, y es imposible de medir, cuantificar, o agregar a las estadísticas como un componente más de las mismas.

Curiosamente Tarata fue el acercamiento más dramático del terror a los limeños, pero al mismo tiempo fue, sin querer queriendo, el principio del fin para sus desalmados autores. Aquella fatídica noche ni el más optimista hubiera podido asumir que menos de dos meses después su líder iba a caer apresado, por obra y gracias de quien quiera que haya sido finalmente el responsable de esa captura. Hoy 17 años después el recuerdo acudió a la mente con mucha fuerza y quise calmar los sentimientos que saltaron al recordar, escribiendo un poco, esperando que aquellas víctimas hoy puedan estar descansando en paz. En realidad, que todas las víctimas inocentes de la violencia, sea de donde provenga la misma, puedan descansar en paz. Como en paz reposa la Calle Tarata hoy, convertida en un apacible Boulevard, por el que pasa muchísima gente que ya ni se acuerda lo que pasó allí o que ni siquiera había nacido en aquel momento, y se entera del asunto cuando ve el pequeño monumento que recuerda a los ausentes.

Obviamente tres días después, el 20 de julio, lo pasé junto a mi madre y mis hermanas en casa, siguiendo las noticias que tenían como tema excluyente las secuelas del atentado. El Nirvana estaba cerrado y esa explosión se llevó hasta el recuerdo del nombre de aquella muchacha a la cual nunca más volví a ver.